A propósito del libro de un sabio y “gran divulgador”

Peter Atkins, el sabio en cuestión, es persona conocida, muy conocida, muy sabia: Catedrático de Química, miembro del Lincoln College de la Universidad de Oxford, autor de manuales de su especialidad, algunos de los cuales han sido publicados en España: Química inorgánica (Reverté), Química, moléculas, materia y cambio, escrito en colaboración con Loretta Jones (Omega), etcQuiero hacer un breve comentario sobre un libro de un sabio, muy sabio, que en nuestra España parece que goza de toda credibilidad pues, hasta ahora no he leído crítica alguna contra una obra tan… “interesante”. Me estoy refiriendo a El dedo de Galileo, de Peter Atkins.

Peter Atkins, el sabio en cuestión, es persona conocida, muy conocida, muy sabia: Catedrático de Química, miembro del Lincoln College de la Universidad de Oxford, autor de manuales de su especialidad, algunos de los cuales han sido publicados en España: Química inorgánica (Reverté), Química, moléculas, materia y cambio, escrito en colaboración con Loretta Jones (Omega), etc.

El contenido de su último libro, El dedo de Galileo, parece extraordinariamente sugerente, en la medida que supone un enfoque de la ciencia desde diez aspectos fundamentales, desde diez grandes ideas. La obra, publicada por Espasa Calpe, es la primera edición española de un texto que ha publicado Oxford University el año 2003. De hecho, en una entrevista con este catedrático de la Universidad de Oxford -en el diario El País, el 19 de noviembre de 2003-, la periodista Mónica Salomone presentaba El dedo de Galileo como una de las obras de no-ficción más vendidas en el Reino Unido.

Así que me lancé a la lectura de El dedo de Galileo con impaciencia y muy pronto empecé a notar “cosas” muy raras. En pocas páginas detecté lo que me parece una incontenible aversión del autor por Aristóteles; en la página 14 escribe que este sabio (perdóneme Atkins) siempre magníficamente fértil desde el punto de vista intelectual y también magníficamente equivocado, como de costumbre…, y esta frase para criticar que el filósofo por excelencia creía en la generación espontánea, algo que no desapareció del panorama intelectual hasta bien avanzado el siglo XIX. Unas páginas más adelante vuelve a lo mismo: Aristóteles, admirable en la manera de buscar respuestas a los interrogantes, había dado una respuesta equivocada, como de costumbre… (p. 58). En fin, dejemos al estagirita, tan equivocado como de costumbre, y acerquémonos a la sabiduría de Atkins, fiel oráculo de la ciencia moderna.

Volvemos unas páginas hacia atrás y nos llevamos una sorpresa morrocotuda; ¡Atención! Karl von Linné era suizo (p. 15). ¿Las traductoras Inés Belaustegui Trías y Carmen Martínez Gimeno confundieron sueco por suizo? ¿El original era correcto? ¿Los correctores de Espasa dónde estaban? Las erratas, los errores, lapsus involuntarios, lapsus cálami… son propios del género humano y, necesariamente, hemos de vivir con ellos, lo malo es que “atacan” por doquier. También he leído pequeñas incorrecciones como “clades” (p. 17), por “clados” y “bases nucleótidas” (p. 42) en lugar de bases de los nucleótidos. Pero… aceptaré pulpo como animal de compañía.

Pero lo que no se puede aceptar es que el sexo es innecesario (p. 44), y que la partenogénesis es habitual en las plantas, aunque en su caso el nombre apropiado es partenocarpia (p. 44). Pues ni lo uno ni lo otro; además, la partenocarpia es la fructificación sin fecundación ni formación de la semilla, algo que no guarda relación alguna con la formación de un individuo adulto (que no es un fruto) a partir de una célula sexual femenina (que sí es la partenogénesis). Pero los errores continúan. Es decir, el señor Atkins está magníficamente equivocado.

Pasamos la página y leemos: el número de cromosomas de las células germinales (los gametos, el esperma y el óvulo) se divide por la mitad, pero recupera su número de células somáticas (la célula típica del cuerpo) en la fertilización (p. 45). Habrá que preguntarse, ¿las células germinales son los gametos o las que por meiosis originan los gametos? Si son los gametos, ¿cómo es posible que se divida el número de cromosomas por la mitad? ¿Qué quiere decir que se recupera el número de células somáticas? En castellano a la célula sexual masculina se le llama espermatozoide y no esperma, que es sinónimo de semen. Se vuelve a equivocar, magníficamente eso sí, el señor Atkins.

Otra sorpresa: los que consideramos animales menores y plantas tienen, por lo general, menos cromosomas que los humanos. ¿A qué grupo zoológico pertenecen los animales menores? Es muy fácil encontrar vegetales con más de 46 cromosomas y no hay que rebuscar demasiado; de hecho, la poliploidía es muy frecuente en el reino vegetal y esto supone, en muchos casos, una dotación cromosómica muy superior a la de la especie humana. El señor Atkins, de nuevo, está magníficamente equivocado.

En la página 62 este “divulgador” llama a los gametos de los vegetales, óvulos y polen y no contento con semejante atropello científico lo vuelve a repetir en la página 65. No voy a comentar estos términos, lo que supondría muchas páginas, porque implican conceptos de difícil comprensión como esporofito, gametofito, saco embrionario, etc. Pero en fin, confundir una célula sexual femenina (que generalmente se llama oosfera) con el óvulo vegetal, que es una estructura pluricelular, resulta pa-té-ti-co y… magníficamente equivocado.

En un pie “aclaratorio” (es un decir) de un dibujo en el que se explican los significados y mecanismos de la mitosis y de la meiosis los errores espeluznan: Cuando comienza la división celular, los cromosomas se condensan, se replican… (p. 66) ¡Pero si la replicación sucede antes de la división y nunca en la mitosis! Y esta afirmación la vuelve a repetir, de una forma magníficamente equivocada, con la meiosis (p. 67).
Cualquier persona con una mediana formación científica sabe que en la meiosis de una célula con dos cromosomas, después de la primera división se forman dos células, cada una con un cromosoma (con dos cromátidas); pues en El dedo de Galileo se produce la siguiente metamorfosis meiótica: se forman dos células pero con dos cromosomas en cada una de ellas (p. 67). No crea el lector que esto es una errata extravagante, porque la sandez es confirmada en la misma página: Esta primera división va seguida de una segunda escisión meiótica, por lo que vuelven a separarse los dos cromosomas… (p. 67). El señor Atkins está, otra vez, magníficamente equivocado.

Es relativamente fácil entrar en una cataplejía total cuando el Sr. Atkins, “el gran divulgador”, llega a lindezas tales como que las proteasas son enzimas que desactivan (sic, sic) proteínas (p. 69); y dos líneas más abajo: las sustancias grasas de las que están hechas las paredes de las células… La frase no tiene desperdicio porque no se pueden cometer más errores con tan pocas palabras: a)la pared celular en los vegetales (las únicas células eucariotas que la poseen) está hecha de celulosa; b)dado que habla de pared celular como sinónimo de membrana celular comete un segundo error, pues pared y membrana celular distan mucho de ser lo mismo bioquímica y funcionalmente; c)si aceptamos que se refiere a la membrana de las células, ¿de qué sustancias grasas están hechas? No se puede decir, y mucho menos un sabio, que los fosfolípidos, constituyentes fundamentales de las membranas celulares, son sustancias grasas. De nuevo una magnífica equivocación del señor Atkins.

Sin embargo, cuando es posible alcanzar una parálisis facial de cierta importancia es en las páginas dedicadas al ADN, ARN, codones, etc., lo que constituye la expresión de la información genética. Son muchos términos, algunos muy complejos, que requieren una explicación sencilla, pues no hay que rebuscar demasiado para que el lector se pierda en esa maraña de conceptos. Pues no, Atkins empieza con una perla sonrojante: Las secuencias de nucleótidos de ADN forman codones (p. 81), cuando este término, codón, sólo se utiliza para nombrar secuencias de tres nucleótidos, pero en el ARNm (ARN mensajero). Más: El código de tripletes para dicho aminoácido [se refiere a la selenocisteína] es TGA, que se emplea también como señal de parada y varía su función dependiendo de si hay selenio disponible. Si lo hay, el código TGA dice “usar selenocisteína”, y si no lo hay, dice “alto, dejen de fabricar esta proteína” (p.81). Falso y falso: el triplete TGA tiene su equivalente, en el ARN, en ACU, que codifica el aminoácido treonina. Además, los codones de parada son el UAA, UAG y UGA, que se corresponden, respectivamente, con los tripletes de ADN siguientes: ATT, ATC y ACT. Es decir, el Sr. Atkins ¡no da ni una! Pero esta incorrecta transcripción y traducción del código genético la repite, repite y vuelve a repetir: pp. 82, 83… de una manera magníficamente equivocada. ¡Esto sí que es hablar por no callar!

También es grave el hecho por el cual traduce incorrectamente todos los “supuestos” codones de ADN. En efecto, si aceptamos que TTT es un codón de ADN, sería el que codificaría al aminoácido lisina y no fenilalanina (como escribe en la página 84). Y lo mismo podríamos decir de los “supuestos” codones CCT, CCC, CCA y CCG como codificadores de la prolina, cuando lo que codifican es al aminoácido glicina. Magnífica equivocación.

En fin, para terminar, un diamante en bruto: una molécula de ARNm puede cometer el error de leer el ADN… (p. 90). ¿Qué quiere decir con una frase tan ingeniosa? ¡Qué admirable capacidad tienen las moléculas de ARNm! Hasta hace poco sólo eran el resultado de la transcripción de fragmentos de ADN, pero a partir de ahora… y es que los tiempos cambian que es una barbaridad y, a veces, se equivocan magníficamente.

Llegados a este punto hay que decir de manera muy seria que, si uno no sabe algo de lo que está leyendo, el supuesto análisis científico del señor Atkins, supuesto gran divulgador, le puede hacer confundir las bases nitrogenadas con las enzimas, éstas con el ADN, éste con la mitosis y la división celular con Darwin o Miguel Mihura.

Teniendo en cuenta que no hemos llegado a la página 100, ¿qué sucede después en un libro tan escalofriante? No lo sé. Dejé de leerlo.

A todo lo anterior hay que buscarle un culpable. ¿Son errores de traducción? ¿El señor Atkins habla hasta de lo que no tiene ni idea? ¿El libro fue escrito por un especialista en artes marciales y firmado por el sabio británico? Además, a todo esto se le pueden añadir otras cositas interesantes. Por ejemplo. Alfredo Rodríguez Quiroga ha escrito ( en la página http://www.madrimasd.org/informacion/resenas/default.asp) que la obra de Atkins es una visión amena y rigurosa de la evolución científica, basada en las ideas-luz (lo de rigurosa no me lo creo y la luz, a mí me ha cegado); también escribe sobre la “habilidad” del autor para divulgar (¡para divulgar errores es realmente hábil!). Termina su reseña categóricamente: Interrogando al pasado y respondiendo al futuro, como brillantemente hace Atkins en su dedo de Galileo, podremos saber, en definitiva, por qué pasan las cosas. En esto consiste la Ciencia.(¡como lo hace Atkins no, por favor!).

En el diario ABC de 13 de enero de 2004, en una entrevista que le hace Miguel Ángel Barroso, se lee que el sabio dice: Todos los científicos están obligados a explicar sus aportaciones a la sociedad, (Usted descanse, no nos importa). En relación con El dedo de Galileo, el señor Atkins dice en esa entrevista: He dedicado un mes a la lectura y recopilación de material de cada tema, pensando siempre en aportar algo original, un enfoque distinto. ¡Pues lo ha conseguido! Es un enfoque, al menos en las 100 primeras páginas muy distinto al de la ciencia. Y continúa: Y si uno no entiende el último capítulo… tampoco pasa nada. ¿Y si deja de entender lo que previamente entendía?

¿Sabe cuál es el problema señor Atkins? Callarse a tiempo.
Francisco TEIXIDÓ GÓMEZ

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