De Mendel a la nueva genómica: El gran cambio en el conocimiento de la Biología
Antonio Liras, Profesor de Fisiología en la Universidad Complutense de Madrid. [email protected]
El presente artículo intenta ofrecer una perspectiva global del cambio sufrido en el conocimiento de la Biología desde que Mendel planteara sus ya clásicas leyes de la herencia hasta la implantación actual de la nueva genómica. Se analiza de forma histórica y científica la evolución de los conocimientos genéticos y su implicación en el conocimiento de los conceptos que explican la mayor parte de los procesos fisiológicos y cómo, de forma práctica en la Medicina Clínica, esta actualización del conocimiento profundo y molecular, condiciona la práctica médica en cuanto a los diagnósticos y los tratamientos. También se analizan las derivaciones sociales que obligan al planteamiento de nuevos conceptos como el de Bioética o a la promulgación de nuevas leyes que rijan las nuevas alternativas.
LOS PRINCIPIOS
Repasando los acontecimientos científicos que han acaecido en el último medio siglo, podemos comprobar el vertiginoso avance que la Genética junto con la Biología Molecular han experimentado. Esto ha sido tan llamativo que muchos de los estudiosos de aquel entonces y hasta finales de los años sesenta, no tenían noticias sobre la función del ácido desoxirribonucleico (DNA) ni de su papel crucial en regir, de forma global, todo aquello que se relacionara con la vida.
Los orígenes de esta revolución científica, de la que hoy somos testigos presenciales de excepción en nuestro siglo XXI, se pueden datar hacia 1869 cuando el químico suizo Johann Friedrich Meischer decidió someter a los glóbulos blancos a determinadas enzimas digestivas y aislar, tras su sorpresa intencionadamente buscada, casi en su estado puro y procedente del núcleo, la “nucleína”. Conjeturó entonces que la síntesis de “nucleína” estaría relacionada con el almacenamiento de fósforo e incluso y aventurándose todavía más tener algo que ver con la herencia. Pero es que mucho antes de este hecho, Aristóteles y he aquí el genio sugirió que los “pangenes”, o partículas invisibles que residían en el cuerpo, se fusionaban para formar los fluidos reproductores. Dicho esto así, era como no decir nada para la comprensión de las bases moleculares de la vida pero, aún así esta teoría -la pangénica- fue la sostenida por Lamarck y Darwin y la que asentó las bases de que las características adquiridas por un individuo de sus progenitores podían ser transferidas a su vez a su descendencia.
Johann Mendel nacido en 1822 en un ambiente campesino en el pequeño pueblo austriaco de Heitzendorf de importante tradición jardinera a la edad de veintiún años ingresó en la Abadía de St. Thomas, tomando el nombre de Gregor. Más tarde se le envió a la Universidad de Viena donde cursó estudios de ciencias y matemáticas. Mendel reunió 34 cepas de plantas de guisantes de viveros de toda Europa llevando a cabo una minuciosa y científica selección obteniendo plantas que diferían entre sí en la forma de la semilla y las vainas, el color de la semilla, la longitud del tallo y la posición de las flores. En un cruce entre plantas surgidas de semillas verdes y otras surgidas de semillas amarillas, los descendientes eran todos amarillos. ¡El rasgo verde había desaparecido! Mendel cruzó entonces miembros de esta primera generación de semillas amarillas entre sí y contempló maravillado cómo algunos descendientes de esta primera generación volvían a mostrar el rasgo verde en la proporción de tres plantas amarillas por cada una verde. Mendel que había cultivado y comparado 8.023 híbridos, de los cuáles 6.022 tenían semillas amarillas y 2.001 eran verdes, denominó “dominante” al rasgo amarillo y “recesivo” al verde, que desaparecía cuando estaba en presencia del amarillo. Fue la teoría compatible con las proporciones relativas, según la cuál cada característica de un individuo estaba determinada por dos factores o “elementos”, el heredado del padre y el heredado de la madre y solo cuando uno de los factores era recesivo se desarrollaba la característica dominante. Pero… la cosa no quedó ahí. Mendel demostró la herencia conjunta de dos características como son el color y la rugosidad. La primera generación estaba formada por guisantes amarillos y lisos (dominantes) y la segunda generación por amarillos lisos, verdes lisos, amarillos rugosos y verdes rugosos en una proporción de 9:3:3:1.
El gran estupor pudo llegar cuando, más tarde Friedrich Schneider observara en las células del diminuto gusano plano transparente Mesostomium, en su proceso de división, un movimiento y separación de ciertos cuerpos filamentosos en el interior del núcleo que, en estado normal, solían tener un aspecto homogéneo, fenómeno que también años después describiera Edward Strasburger, en células de embriones de coníferas en desarrollo. En 1879, Walter Flemming se reafirmaba en ese proceso que hoy conocemos como mitosis, por el cual la madeja continua de cromatina nuclear sufre una división longitudinal y luego se separa en fragmentos que migran hacia las dos células que van a resultar. Walter Flemming estaba visualizando, por primera vez, los cromosomas humanos.
A principios del siglo XX los acontecimientos desbordaban a los enseñantes universitarios: Wilhelm Roux (1883) demostraba que el núcleo durante la mitosis presentaba un conjunto de partículas que llamó “partículas hereditarias” que se repartían entre las células hijas; Wilhelm van Waldeyer (1888) las llamó “cromosomas” o lo que es lo mismo “cuerpos coloreados”; Thomas Hunt Morgan (1925) confirmaba los experimentos de Mendel en Drosophila, estudios, todos ellos, de los que se derivaron las bases de la genética tales como la existencia de los cromosomas sexuales X e Y -o heterocromosomas-, la herencia ligada al sexo, la aparición de mutaciones esporádicas que se transmiten a las generaciones siguientes, los mapas genéticos, la recombinación o cruzamiento entre cromosomas a partir de lo cuál se puede estimar la “distancia genética” entre dos genes y un largo etc.
¡Eureka! Antes de la década de los 40 ya se podía hablar del concepto de gen, físicamente localizado en un cromosoma en el núcleo de una célula… pero… en realidad esto era tan solo el comienzo porque no se podía explicar todavía cuál era la composición de un gen, y como su mera presencia era capaz de condicionar que una Drosophila tuviera los ojos rojos o blancos o que la vaina de los guisantes tuviera una determinada forma. Pero ya era un gran paso adelante.
Comenzó entonces a “retumbar”, en los ambientes científicos, la famosa hipótesis de Beadle y Tatum de “un gen, una enzima” que abría la puerta para dilucidar el mecanismo de acción de los genes. Pero la pregunta, cuya respuesta siempre quedaba en el aire, era ¿es el gen o la proteína la que se transmite de una generación a la siguiente?
Brillantemente Oswald Avery, Colin Macleod y Maclyn McCarty, en 1944, describían así sus hallazgos: “Nos disponemos a marcar radiactivamente una cepa patógena de la bacteria Neumococcus, que provoca la pulmonía en hombres y en ratones. Por una parte marcamos con fósforo radiactivo (átomo que sólo se encuentra en la nucleína) y por otra parte con azufre radiactivo (que solo se encuentra en proteínas). Puestas en contacto cada una de estas cepas marcadas con cada isótopo y muertas por calor, con otra cepa de Neumococcus que no es patógena cual fue nuestra sorpresa cuando comprobamos atónitos como la cepa no patógena se convertía en infecciosa; pero lo más sorprendente fue que esta cepa estaba marcada con fósforo. Podíamos concluir entonces que el principio transformador era la nucleína”.
Año de 1945 en Nueva York a orillas del Atlántico, en los Laboratorios Cold Spring Harbor, un grupo de investigación, el “Grupo de los Fagos” formado por Max Delbrück, Salvador Luria, Alfred Hershey, Emily Ellis y Martha Chase, entre otros, investigan ciertos virus que parasitan a las bacterias (bacteriófagos). La revolución científica de la historia de la humanidad, que sentaba las bases de la “Biología Molecular” y sus implicaciones más actuales en “Ingeniería Genética” y la “Biotecnología”, estaba servida.
UN HITO DE HACE 50 AÑOS
A comienzos de la década de los 50´s, aunque ya se escuchaban rumores, todavía no estaba clara la forma por la que un gen se regulaba para producir una determinada cantidad de una u otra proteína. Ya se había demostrado que el principio transformador y transportador básico de la herencia era el DNA, pero poco se sabía acerca de su funcionamiento íntimo. Incluso a principios de aquella década Alfred Hershey, que había confirmado, infectando Escherichia coli con determinados fagos, los experimentos de Avery, McLeod y McCarty, escribía: “el DNA no debe ser un determinante único de la especificidad genética”.
Pero he aquí que se produjo el gran acontecimiento científico, ya hito histórico, de la dilucidación de la estructura del ácido desoxirribonucleico por Watson y Crick en 1953 y que ha representado uno de los logros más relevantes de la ciencia químico-biológica por su trascendencia y consecuencias para el conocimiento biológico, en particular, pero también para toda la humanidad en general.
Además, en aquellos efervescentes momentos, se tenía la sospecha que el citoplasma, esa zona de la célula fuera del núcleo, podía estar implicado en la síntesis de proteínas. Pero entonces ¿cómo explicar esto si estaba claro que la “nucleína” residía en el núcleo? ¡Qué desconcierto! Era fácil entonces imaginar que debería existir un intermediario en el proceso global, y qué mejor candidato que otro ácido nucleico para que actuara como mensajero. En efecto, éste era el RNA o ácido ribonucleico que se encontraba en las células en cantidades mucho menores que el DNA. Watson ya tenía escrito en su pizarrón la secuencia: “DNA to RNA to protein” frase que presentó, en 1957, en el Simposio de la Sociedad de Biología Experimental en Cambridge, como el “Dogma Central” de la Biología Molecular.
A partir de aquí los descubrimientos se producían a velocidad de vértigo como si la espuerta hacia el conocimiento de la naturaleza se hubiera abierto de par en par. Se describieron las enzimas de restricción que cortaban en regiones específicas del DNA; también las enzimas que hacían lo contrario o ligasas; las que producían millones de copias de un fragmento de DNA, o polimerasas; las que transcribían el DNA hasta RNA, o transcriptasas; o aquellas enzimas que incluso echaban por tierra el gran dogma, las transcriptasas en reverso que retrotranscribían el RNA hasta DNA como sucede en uno de los virus más devastadores de la historia, el virus de la inmunodeficiencia humana que produce el SIDA.
22 de mayo de 1961; Mathei, con mucha sangre fría, se dispone a probar un RNA que sólo contenía uracilo en la secuencia (un poli U), en el más difícil todavía de las condiciones: un sistema libre de células. ¡Sí! Se producía una proteína que solo estaba compuesta por fenilalanina. ¡El código genético estaba siendo descifrado! Pero es que después Hans Gobind Khorana, en la Universidad de Wisconsin, perfeccionaba el método y obtenía largos fragmentos de RNA con secuencias repetidas de tres nucleótidos. Sólo bastaba ir probando con los RNAs de Khorana para saber qué tripletes -o codones- daban lugar a cada aminoácido de una proteína; y no solo eso sino que se podía jugar a descifrar, como si de un simple juego de “scrabble” se tratara, qué codones iniciaban la síntesis de una cadena proteica y cuáles marcaban el final del trabajo.
Más tarde, la magia parecía ser la dueña de las investigaciones ya que las barreras entre especies se difuminaban porque se iniciaba la clonación de genes de distintas especies y una quimera animal-bacteriana se podía ya crear en un laboratorio. Las enzimas de restricción, que siempre habían estado presentes en la naturaleza ahora se utilizaban, convenientemente combinadas en un tubo de ensayo, para cortar un DNA a nuestro antojo, aún sin saber para qué y por qué tenían que existir.
Algunos, los más osados, comenzaban incluso a hablar del “DNA basura” o pseudogenes a los que se consideraban como genes en estadios evolutivos anteriores que podían haber perdido su capacidad codificadora debido a determinadas mutaciones.
En este estado de cosas, por si fuera poco, comienzan a emerger las técnicas del DNA recombinante véase la reacción en cadena de la polimerasa que revolucionarían toda la investigación en Biología Molecular.
¿DÓNDE NOS ENCONTRAMOS?
Sin subestimar lo conseguido en los últimos 50 años, la situación, queramos o no, es que todavía estamos intentando entender la información que contiene esa molécula mágica y sorprendente que es el DNA, porque la realidad es que nos encontramos ante el reto de acertar una lotería de una combinación entre millones de posibilidades. Se trata de descodificar ese entramado de bases componentes del DNA para comprender cómo funciona y cómo se originó esto que somos, un Homo sapiens. Sirva como dato el que ya disponemos de un listado de unas 50.000 grandes familias distintas de genes y tan solo 5.000 de ellas están presentes en el genoma humano y en el del resto de los mamíferos. ¿Alguien podría decir sin miedo a ser replicado que no sabemos nada de nuestra propia esencia?
En nuestro momento actual cada avance en la comprensión de este enigma supone, en muchas ocasiones, el planteamiento de nuevas cuestiones e incluso el replanteamiento del concepto de gen. Pero lo que sí está claro es que disponemos cada vez más de un mayor número de datos de todos esos factores o elementos que pueden intervenir en la formación de un ser vivo. El conocer que existen es el primer paso para comprender su por qué y para qué; disponemos, además, de suficientes elementos de juicio como para plantear modelos en Biología Molecular, algo que hasta hace muy poco era impensable.
Hoy ya no solo hablamos de bancos financieros; hoy disponemos de bancos de datos en los que ya se encuentran acumuladas 100.000 millones de bases nitrogenadas ordenadas en secuencias determinadas -a partir de unas 200.000 especies- que se repiten y conservan a veces sorprendentemente y exactamente en unas especies y otras. Sabemos, además, que nuestro genoma contiene 3.000 millones de ellas.
Pero no solo basta con saber la secuencia del genoma porque, como ya casi todos aceptamos, la evolución es el gran experimento de la genética a gran escala en que determinadas secuencias condicionan de una parte, las diferentes formas de vida, y de otra si van a existir ventajas o si, por el contrario, por selección natural, se desechará esa posibilidad de vida.
Los años 50´s y 60´s fueron trascendentales por el descubrimiento del DNA y el desciframiento del código genético. Ahora en nuestro presente, sabemos cómo se codifica un genoma. Entonces se sabía que un DNA, en el núcleo de una célula, daba lugar a proteínas; hoy día sabemos que sólo el 1% del genoma, que constituye los genes, lo hace como si de un autentico juego de “sopa de letras encriptadas” se tratara. El resto es el DNA “basura o chatarra” que aparentemente podemos prescindir de él.
Nos seguimos preguntando, además, hoy todavía ¿por qué nosotros los humanos sólo tenemos unos 20.000 genes y no unos 150.000 como esperábamos? ¿Por qué, si somos tan complejos, tenemos los mismos genes que un gusano? ¿Por qué -y eso lo sabemos hace muy poco- un mismo gen puede dar lugar a distintas proteínas, hasta 60.000 a partir de un solo gen? Escasos genes, genes multifunción…
En resumen, nos encontramos en una inmensa red en la que los genes del genoma se traducen; donde estos genes multifunción interrelacionan entre sí e incluso alteran o condicionan la expresión de otros genes; después aparecen las proteínas (entre 150.000 y 500.000 en una sola célula) que también sabemos que son multifunción y que interrelacionan entre ellas y que afectan a su vez a la expresión de los genes que afectan a su vez a la interrelación de aquellas. Sabemos, en definitiva, lo que existe y algunas interrelaciones entre los distintos componentes y cómo el entorno (o ambiente) es un factor determinante en toda esta maraña. Lo que tenemos claro es que el número de genes no es el único condicionante para nuestra complejidad humana. También está claro que muchas bases de ese genoma se leen por la maquinaria de traducción y que dan lugar a no se sabe qué.
El desconcierto llega a su cota máxima cuando, si comparamos nuestro DNA con el del ratón o con el del chimpancé, encontramos un 99% de equivalencia. En este estado de cosas es difícil asumir que se parezca un hombre varón más a un chimpancé macho que a su propia esposa por el simple hecho de tener un cromosoma Y diferencial.
Lo que sí es cierto es que, ahora, sabemos algo más, aunque tengamos que replantearnos a veces conceptos tan básicos como lo que es un gen; hemos aprendido, eso sí, a manejar el genoma y a identificar el mapa completo de las variaciones genéticas humanas (Proyecto Internacional HapMap) que puede explicar entre otras cosas por qué aún compartiendo un 99,9 por ciento del genoma una persona y otra se diferencian tanto entre ellas. Tres millones de nucleótidos simples o haplotipos (SNP) diferencian el código genético de una persona del de otra, hecho que puede explicar la distinta predisposición para sufrir, sin ir más lejos, distintas enfermedades y a responder a veces con una alta variabilidad a diferentes tratamientos farmacológicos.
El HapMap ha demostrado que menos del 1% de la variación genómica humana se divide en SNPs, situados próximos a determinadas regiones de un cromosoma, y que se transmiten de forma hereditaria. Está servida una nueva y útil base de datos que será fundamental para localizar polimorfismos en otras regiones y que, si hace tres o cuatro años cuando queríamos identificar una variación genética común y su influencia en la respuesta de un determinado grupo de pacientes, había que resecuenciar el gen en un grupo de individuos representativo de la población y llevaba dos años, hoy día esta tarea se puede simplificar a unos pocos días.
DE LO CLÁSICO A LA NUEVA MEDICINA CLÍNICA: GENOMICA Y BIOETICA
En general, la mejor forma para valorar los avances que acontecen en una determinada disciplina y, en particular, en la práctica de la Medicina Clínica, es echar la vista atrás sobre la historia pasada. Sirva como ejemplo un lienzo del Museo del Louvre de Gerard Dou del siglo XVII -la mujer hidrópica- en que un galeno o médico de entonces, observa a simple vista la orina de una paciente en su propia casa para emitir un diagnóstico que se antoja fatal por la escena. Con la vista se diagnosticaba casi todo, en este caso la turbidez de la orina indicaba hidropesía, hoy conocida como anasarca; pero también con el sentido del gusto cuando se diagnosticó por primera vez la diabetes. Hoy la determinación analítica de albúmina en la orina y de glucosa en sangre, respectivamente, nos proporciona unos dictámenes diagnósticos, objetivamente, “más fiables”.
Se ha pasado del tan oído y a veces tan criticado “ojo clínico” del médico, a la constatación de los hechos sobre la base de evidencias objetivas para ofrecer un diagnóstico y un pronóstico de casi todo tipo de enfermedades tanto hereditarias como infecciosas y de la más diversa etiología. Así, las proteínas ocupaban, entre los años 50 y 70, un lugar destacado en el dictamen de un diagnóstico, siendo la panacea la valoración de las llamadas enzimas marcadoras de patología.
Los avances en los propios métodos y procedimientos tecnológicos, los importantes descubrimientos, ya mencionados, de la doble hélice del DNA y del código genético y, en los años 80, la reacción en cadena de la polimerasa y el desarrollo de la tecnología del DNA recombinante, de la Genética Molecular y de la Biología Celular, o ya en nuestro actual siglo XXI la secuenciación del genoma humano, han propiciado un cambio sustancial en la práctica médica.
Pareciera, sin embargo, como si el avance en el conocimiento de los procesos biológicos fuera, paradójicamente, contrario a la resolución terapéutica de las enfermedades. Una de las razones para explicar esto podrían ser las llamadas enfermedades emergentes a causa de la “explosiva” diseminación mundial del ser humano y la ampliación del espectro de las prácticas rutinarias con especies animales. Basados en esta paradoja las décadas de los años 80 y 90 fueron el máximo exponente ya que durante esos años avanzaron muy significativamente las técnicas del DNA recombinante y se iniciaba el Proyecto Genoma Humano, pero a la vez surgía una de las más temidas enfermedades emergentes -hoy todavía- como fue el síndrome de la inmunodeficiencia humana (SIDA). Pero no quedó todo ahí; ahora la paradoja continua porque cuando disponemos ya de la secuencia del genoma humano siguen surgiendo enfermedades que reemergen o aparecen nuevas en el ser humano como el síndrome respiratorio severo agudo (SARS), la gripe aviar o la variante humana del “mal de las vacas locas” o enfermedad de Creutzfeldt-Jakob (vCJD).
Pero ante esta visión, quizás algo apocalíptica de la cuestión, podemos decir que desde los tiempos de Hipócrates y su Juramento hasta nuestros días, el Proyecto Genoma Humano ha establecido un antes y un después en la práctica de la Medicina Clínica.
Antes de la aparición y avance de las técnicas del DNA recombinante y del desarrollo del Proyecto Genoma Humano, no se conocía el origen de muchas enfermedades e incluso la etiopatogenia de muchas de ellas había sido equivocada. Lo importante era el “ojo clínico” del galeno que se basaba en diversos signos externos como la turbidez o el sabor, o en la valoración de parámetros analíticos como las enzimas marcadoras de enfermedad.
Aunque, en la actualidad y en la práctica médica, el Juramento de Hipócrates y el Código de Etica y Deontología Médica son las normas básicas de actuación, si revisamos la historia, el concepto más antiguo de ética fue el que se refería a “aquél lugar donde se habitaba”, pero según los griegos no se trataba de un lugar físico sino de aquél “interior” en el que el propio hombre se guardaba a sí mismo. Para la doctrina aristotélica la ética y la política coincidían mientras que para Kant la ética representaba un individualismo exacerbado que pretendía la perfección de uno mismo. La Etica Médica nació con Sócrates pero Hipócrates la perfiló con su Juramento Hipocrático del que Laín Entralgo decía que era el lazo que asociaba al médico como persona y al médico como técnico, en función de una profesionalidad, dedicación y confidencialidad, al margen de todo interés personal.
Ya en el siglo XX se comenzó a hablar del concepto de Etica Médica y hoy, en nuestro actual siglo XXI, el concepto todavía sigue evolucionando en función de los cambios y avances en los conocimientos científicos. Todo esto ha supuesto una reorganización de mentalidades en investigadores, médicos, pacientes, compañías farmacéuticas y administraciones públicas, aunque muchas veces no caminen por la misma senda. El Código de Nuremberg de 1947, puso la primera piedra de la Etica Biomédica, estableciendo el consentimiento informado y voluntario de los pacientes y unos requisitos mínimos científicos para cualquier investigación clínica. Después, la primera Declaración de Helsinki en 1964 y sus posteriores revisiones hasta la última de enero de 2004, completaron el escenario.
Pero está claro que la Medicina ha sufrido una profunda transformación que afecta a la relación médico-paciente. Ha dejado de ser ésta una relación tutorial, protectora e incluso autoritaria para pasar a ser una relación más fluida y sin barreras que se basa en la información real de una situación clínica y en la discusión conjunta de una estrategia terapéutica a seguir. El mayor acceso a la cultura que ha condicionado un mayor nivel intelectual y cultural del individuo y los avances en la tecnología médica tanto en el diagnóstico precoz como en la terapéutica derivados del propio avance en las ciencias básicas como la Biología Molecular, Genética o Bioinformática, han podido ser los artífices.
Pero es aquí donde se detecta el gran cambio ya que después del Proyecto Genoma Humano somos capaces de analizar un mayor número de genes así como de mutaciones que originan muchas enfermedades; podemos analizar el patrimonio genético de un individuo; predecir (diagnosticar y pronosticar) una enfermedad incluso antes de que ésta se desarrolle, ya sea hereditaria, cancerígena, infecciosa o de cualquier otra índole. Será a veces dramático, pero se podrá predecir de antemano la enfermedad grave o no tan grave que un individuo vaya a padecer en su futuro.
Así, casi sin percatarnos, llegamos al concepto actual de la genómica, que estudia los genes y sus funciones pero además ya tiene ahora, después de casi 15 años desde que comenzó el Proyecto Genoma, en 1990, una clara aplicación en Medicina Clínica. Las nuevas tecnologías basadas en la biología y genética molecular y el avance en la ciencia informática han sido claves en este desarrollo, ya que han permitido la obtención y el análisis de la información genética (proteómica, “biochips”, bioinformática). Estas nuevas tecnologías han posibilitado el desarrollo de la nueva genómica, ya que hacen posible el estudio del papel de los genes en el desarrollo de enfermedades lo que se traduce en un diagnóstico clínico que ya se puede denominar genético. En el futuro la genómica se verá ampliada por la proteómica o estudio de las proteínas expresadas por un genoma, y por la genómica individual, que permitirá estudiar todos los posibles polimorfismos en cada individuo y detectar así las diversas mutaciones o genes “del destino” -ya preestablecidos en su genoma- y que darán lugar a una determinada patología.
El futuro de la atención médica pasará por la integración de las nuevas técnicas en el entorno clínico. Actualmente, ya se utilizan “microarrays” de DNA para detectar variaciones en la secuencia del virus de la hepatitis C (VHC) o del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), o para analizar mutaciones en el gen humano p53 que se relaciona con determinados procesos cancerígenos.
Llegados a este punto, el concepto actual de Etica Médica como tal se presume como insuficiente y obsoleta. Así, nace un nuevo concepto, la Bioética, como una nueva disciplina en el milenio actual, que deberá estabilizar la relación médico-investigador-paciente a través de nuevos valores en la práctica médica para afrontar el desarrollo de una investigación éticamente consecuente, especialmente -como ya es una realidad- cuando el patrimonio genético de un individuo pueda estar en juego por su posible repercusión en sus generaciones posteriores o, de forma más inmediata, en su entorno social y laboral más próximo y actual. Porque, hoy oímos y hablamos más que nunca, tanto profanos como investigadores y clínicos, de temas como el de la clonación; la selección de embriones, su manipulación y su utilización para la generación de un ser humano sano con fines terapéuticos; de las células madre; del diagnóstico y la predicción genética; de la farmacogenética; del almacenamiento informatizado de la información genética de un individuo, o de las distintas técnicas de reproducción asistida para fecundar un óvulo, fuera del útero materno.
El diagnóstico y la predicción genética de una patología plantean la polémica con relación a las implicaciones en un individuo más que en una población o en la sociedad, en general, en lo que respecta al diagnóstico prenatal y el diagnóstico y pronóstico en la investigación y práctica clínica de ciertos desórdenes ligados a un gen defectuoso. De aquí surgen algunos principios -que ya se deberían haber aplicado sobre la base del código hipocrático- pero que ahora se hacen más necesarios, tales como el consentimiento libre y “bien” informado del paciente para el desarrollo de estudios genéticos y la privacidad (confidencialidad) como un derecho del individuo acerca de sus características genéticas. Hasta ahora, la ética no se podía preocupar de estos aspectos con relación a la predisposición genética de un individuo para sufrir una enfermedad porque no éramos capaces de predecir, en función de la estructura de algunos genes y de sus interrelaciones, algunas patologías como sucede ahora, por ejemplo, con la enfermedad coronaria, la esquizofrenia y los desórdenes bipolares, la diabetes, la enfermedad de Alzheimer, muchas enfermedades monogénicas como el cáncer, o incluso la obesidad.
Lo que todavía no está muy claro es, primero, cómo el individuo aceptará la posibilidad de conocer su destino de salud y, segundo, como reaccionará frente a una información predictiva o diagnóstica poco favorable, máxime si todavía se encuentra sano y no ha desarrollado la supuesta enfermedad. En este sentido, la Bioética aconseja ofrecer al individuo toda la información de la que se pueda disponer y aconsejar, genéticamente, para que después éste pueda libremente optar por unas medidas preventivas, si es que las hubiere en ese preciso momento.
Una de las aplicaciones más inmediatas de la nueva genómica en la Medicina Clínica es la que se refiere al área de la farmacogenética. Desde hace ya muchos años se sabe que los individuos, como tales, responden de distinta forma -antes conocidos como “rápidos o lentos” metabolizadores- a diferentes sustancias, en general, y frente a diferentes fármacos, en particular, pero ahora también sabemos que la causa se encuentra en los genes y que, además, podemos predecirlo. En principio, esto no debería suponer graves problemas éticos pero cabría esperar que si no se dieran los principios de privacidad y confidencialidad también aquí, los grandes intereses comerciales que se cultivan alrededor de la industria farmacéutica -nos guste o no- podrían dar lugar a una posible “estratificación” de los pacientes en el sentido de que sería más rentable, una vez conocidos los datos estadísticos de farmacogenética, fabricar un producto terapéutico de un mayor espectro poblacional. También, se podría condicionar una segregación racial en función de las ya conocidas e importantes diferencias y variaciones étnicas de tolerancia farmacológica.
Derivado de todo lo anterior, de los datos genéticos de un individuo tanto relacionados con el diagnóstico y predicción genética, como de farmacogenética o de cualquier otra índole, surge otro aspecto que se debe regular por la Bioética. Tal es el almacenamiento, sea cual fuere el soporte, de la información genética de un individuo. En este sentido se deberán legislar nuevas leyes, fundamentalmente, en lo que respecta al uso de las muestras de DNA, a la explotación comercial de las investigaciones o respecto a la confidencialidad de los datos y su utilización por terceros como podrían ser las compañías de seguros o las empresas contratantes, porque… no debemos caer en la ingenuidad de pensar que los avances en el campo de la genómica sólo traerán consigo un estado de prevención para el bienestar del ser humano, sino que también, y ligado a la propia naturaleza humana, pueden constituir un buen caldo de cultivo para la discriminación social como de hecho, en algunos casos, es ya toda una realidad.
Pero a parte de los grandes beneficios que ya aporta la genómica en el diagnóstico y pronóstico genético que se traduce en un mejor tratamiento preventivo y precoz más eficaz para muchas patologías, no podemos olvidar su gran utilidad, ya en el presente, para la prevención de la transmisión de enfermedades, fundamentalmente, hereditarias e infecciosas. En este sentido, y dejando de lado la clonación humana que se presume un hecho más a largo plazo, ya son una realidad las diversas técnicas de reproducción asistida que, precisamente, suscitan el mayor debate y enfrentamiento social. Es de destacar, además de las ya muy establecidas técnicas clásicas como la inseminación artificial y la fecundación “in vitro”, el diagnóstico genético y la selección del sexo de forma preimplantacional en embriones. El diagnóstico genético preimplantacional ha representado un avance crucial en el área de la genómica para la Medicina Clínica ya que podemos evitar la transmisión de enfermedades genéticas ligadas o no al sexo, mediante la selección de embriones de un determinado sexo o carentes de una mutación, en cualquier caso sanos, para ser reimplantados, posteriormente, en el útero de la futura madre. Ni que decir tiene la importancia que tienen estas técnicas en la serodiscordancia VIH/VHC para evitar la transmisión “vertical” de padres a hijos de estos virus.
Si todavía no fuera suficiente con esto -aunque es de una gran polémica social la manipulación de los embriones y el “descarte” de muchos de ellos- podemos investigar con células madre embrionarias. Aunque para los sectores más conservadores este aspecto pueda parecer baladí, se trata de obtener tejidos especializados a partir de células madre embrionarias con la “sana” intención de sustituir tejidos o células dañadas en órganos vitales. Esta nueva medicina del futuro -o medicina regenerativa- abre nuevos caminos en el afán de aumentar las expectativas saludables de vida en el ser humano.
Lo que sí debemos asumir cuanto antes es que el avance en la genómica y su implicación y aplicación en la práctica médica, es un hecho que no tiene camino de retorno. El cada vez mayor número de genes identificados como causantes de enfermedad, la experiencia acumulada en el diagnóstico genético y el desarrollo imparable de las técnicas de reproducción asistida, serán los pilares básicos que ayudarán a evitar -como era impensable no hace tantos años- la transmisión de enfermedades hereditarias. Esto nos obligará a actualizar la legislación vigente -siempre en el respeto ideológico a las personas- con respecto al consejo genético, a la confidencialidad, al consentimiento informado o a la privacidad de la información genética de los pacientes.
Con la idea y convicción de que es y será inevitable el avance e “incursión” de la nueva genómica en la práctica de la Medicina Clínica, debemos intentar no olvidar nunca la consigna de ser fieles a la Naturaleza y actuar de forma sostenida.


