Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (1478-1557)
Un día de agosto de 1478 venía al mundo en Madrid, Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, al que cronológicamente podemos considerar el primer estudioso de la naturaleza americana.
De familia hidalga de origen asturiano, fue paje de un sobrino de Fernando el Católico y mozo de cámara del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos. Todo ello le permitió adquirir una esmerada educación en latín, autores griegos y latinos y conocer a importantes personalidades de la historia de España. Al morir el infante en 1497 abandonó la corte y viajó por Italia: en Milán estuvo al servicio de Ludovico Sforza y conoció a Leonardo da Vinci; en Mantua, sirvió a Isabel de Aragón y conoció al pintor Andrea Mantenga y a los Borja. En 1500 marchó a Roma y después a Nápoles, donde sirvió en la corte de don Fadrique. De allí fue a Sicilia donde conoció a Gonzalo Fernández de Córdoba. En 1502 regresó a España, fijó su residencia en Madrid y en 1507 fue nombrado escribano público. Residió junto al duque de Calabria hasta 1512, año en que éste fue hecho prisionero y conducido al castillo de Játiva. Volvió a Madrid a diversas funciones oficiales hasta que se fue a las Indias
Veintidós años de su vida estuvo en el continente americano. Así, en 1514 marchó al Nuevo Mundo con diversos cargos, entre los que se encontraba el de veedor en las Indias Después de un año y medio volvió a la Península, produciéndose entonces un violento enfrentamiento con Bartolomé de las Casas, que lo acusó de ser “partícipe de las crueles tiranías” que se producían en el Nuevo Mundo. Después, Fernández de Oviedo realizó cuatro viajes a América. Desde 1532 y durante veinticinco años fue cronista de Indias.
Además de escribir alguna novela de caballerías como el Libro del muy esforzado e invencible caballero de fortuna propiamente llamado Don Claribalte (1519), un Catálogo Real de Castilla y otras obras más o menos importantes, en 1526 publicó el Sumario de la Natural Historia de las Indias como un adelanto de uno de los textos más espectaculares de su tiempo en relación con los territorios americanos: la Historia General y Natural de las Indias que ya había empezado a redactar y cuya primera parte fue impresa en 1535; no obstante, no terminó de editarse completa hasta mediados del siglo XIX. Este libro, considerado clásico entre los científicos, es un documento con un marcado carácter naturalista pero que no obvia los relatos históricos; en él se manifiesta el madrileño en tres facetas: la de historiador, la de etnólogo y la de naturalista. En pocos años se tradujo al latín, italiano e inglés.
La primera característica que hay que destacar de su obra biológica es que es el resultado de la observación de la naturaleza, algo muy diferente de lo que hizo un coetáneo suyo: Pedro Mártir de Anglería (1457-1526), autor de unas Decadas de Orbe Novo (Décadas del Nuevo Mundo), (1530) escritas en latín pero a partir de los datos de otros autores, ilustrados o no. Por eso, las críticas del madrileño a este cronista tienen gran fundamento: “deseaba escribir lo cierto si fielmente fuera informado, mas como habló de lo que no vido… sus Décadas padecen muchos defectos”.
Fernández de Oviedo ofrece en la Historia General y Natural de las Indias una imagen de conjunto de la naturaleza americana. Y desde el punto de vista científico la obra destaca en el ámbito biológico debido al gran número de especies que describió y a las características con las que detalla las formas vivas.
El madrileño estudia la naturaleza de una manera similar a como lo hicieron los naturalistas clásicos que también escribieron de historia y en particular Plinio, del que conocía su obra. Así, utilizó para su Historia una terminología clásica en su tiempo, Historia General, y a ella le añadió la de Natural, como la Naturalis Historia de Plinio; finalmente, de manera similar a como éste dedica su obra a Domiciano, Oviedo hace lo propio con su emperador: Carlos I.
Después de informar sobre la navegación al Nuevo Mundo, trata sucesivamente de diversos territorios, islas y tierra firme y nos da información sobre sus habitantes, zoología y flora de las comarcas y, en menor medida, de sus minerales. Su obra es, en gran parte, de naturaleza biogeográfica.
La Historia General y Natural de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo es de una gran importancia científica y en ella se aprecia la espontaneidad en la descripción.
La clasificación vegetal de Oviedo no diferencia más que árboles, plantas o frutas y, aunque no obvia la utilidad de los vegetales para los naturales de aquellos territorios, es un autor muy moderno desde el punto de vista biológico, en la medida que su interés se basa en describir el vegetal por su interés por sí mismo.
Esto no le impide a Oviedo explicar la función de algunos vegetales, de manera que gracias a su obra podemos conocer la utilidad de muchas plantas, ya sea desde el punto de vista dietético o instrumental; así la guaxuma se utiliza para engordar y su madera se usa para hacer bastones y pólvora, el brasil para teñir paños y lanas y para pintar cuadros; el guao sirve de ungüento a las indias para cambiar su color en blanco, “como si nascieran en Castilla”, los panes de maíz y de cazabí se emplean en el mantenimiento a los indios, etc.
Como muchos cronistas, compara las plantas americanas con las españolas, lo que es una forma excelente para que sus lectores del Viejo Mundo comprendan lo que les está contando. Así, escribe que el maguey tiene unas hojas que crecen parecido a como lo hacen las hojas de lechuga y de los ajes dice que se asemejan mucho a los nabos.
Gonzalo Fernández de Oviedo nos informa con precisión: la “pitahaya, la cual es coloradísima como un carmesí rosado, e quiere significar escamas en la corteza, aunque no lo son, e tiene el cuerpo grueso, e aquél cortado con un cuchillo (que fácilmente se corta), está por dentro llena de granillos, como un higo; mas esos están mezclados con una pasta o carnosidad que ella y ellos son de color de un fino carmesí. E toda aquella mixtión de los granillos e lo demás, todo se come, y lo que toca, lo para tan colorado como lo suelen hacer las moras, e más. Es sana fruta e a muchos les sabe bien; pero yo escogería otras muchas antes que a ella. Hace en la orina lo que las tunas, aunque no tan presto; pero desde a dos horas que se comen dos o tres dellas, si orina el que las comió, parece verdadera sangre lo que echa”.
En relación con la zoología, un estudioso de la obra de Oviedo como Enrique Álvarez López ha escrito: “aunque la fauna del Nuevo Mundo hubiera desaparecido totalmente y no conociéramos sobre ella más libros que los suyos, poseeríamos un cuadro bastante completo de su conjunto, de sus características más llamativas, de su ubicación regional”.
Uno de los datos más interesantes de la obra de Oviedo es la noticia que da sobre la coca; entre otras cosas nos dice: “Acostumbran los indios de Nicaragua e de otras partes donde usan esta hierba yaat, cuando salen a pelear o cuando van camino, traer al cuello unos calabacinos pequeños u otra cosa vacua en que traen esta hierba, seca, curada e quebrada, hecha casi polvo; e pónense en la boca una poca della, tanto como un bocado, e no la mascan ni tragan; e si quieren comer o beber, sácanla de la boca e ponénla a par de sí, sobre alguna cosa que esté limpia, e entonces parece lo que parecen las espinacas cocidas. Cuando han comido e vuelven a caminar, tornan a la boca la misma hierba; porque, demás de ser gente mezquina e sucia, es cosa ésta que la estiman entre sí, e es buen rescate para la trocar o vender por otras cosas, donde no la alcanzan ni la hay. E traída así en la boca, la mudan de cuando en cuando de un carrillo a otro.
El efecto della es que, dicen los indios, que esta hierba les quita la sed y el cansancio. Y juntamente con ella usan cierta cal hecha de veneras e caracoles de la costa de la mar, que asimismo traen en calabacitas; e con un palillo lo revuelven e meten en la boca, de cuando en cuando, para el efecto ya dicho. E aunque totalmente no les quite la sed ni el cansancio, dicen ellos que se quita, o mucha parte della, e que les quita el dolor de la cabeza e de las piernas. E están tan acostumbrados en este uso, que por la mayor parte, todos los hombres de guerra, e los monteros e caminantes, e los que usan andar al campo, no andan sin aquesta hierba”.
Murió en Valladolid el 7 de junio de 1557.

