José de Acosta (1540-1600)

Al finalizar septiembre o al iniciarse el mes de octubre de 1540 nacía en la localidad vallisoletana de Medina del Campo José de Acosta, considerado uno de los jesuitas más doctos del orbe y uno de los más importantes naturalistas de su tiempo, calificado como “Plinio del Nuevo Mundo”.

Era uno de los nueve hijos de un matrimonio de origen judío que gozaba de una situación económica desahogada. Fue jesuita como cuatro de sus hermanos. Educado en el colegio que la Compañía de Jesús tenía en su lugar de nacimiento, en 1552 marchó al noviciado de Salamanca y dos años después hizo sus primeros votos religiosos y volvió a Medina del Campo. Desde 1559 y hasta 1567 cursó estudios de Filosofía, Sagradas Escrituras, Derecho Canónico y Teología en la Universidad de Alcalá de Henares. Enseñó Teología en el Colegio de la Compañía en Ocaña desde 1567 hasta 1569 y los dos años siguientes en el de Plasencia.

Destinado a las misiones andinas, en 1572, después de un año de travesía, llega a Lima, en el Virreinato del Perú, donde imparte clases de Teología. A principios de 1.575 fue nombrado Rector del Colegio de San Pablo, impartiendo cursos de Latinidad, Retórica, Arte y Teología, con tanto éxito, que dejó sin alumnos a la recién fundada Universidad de San Marcos de Lima. Cuatros meses más tarde fue designado Provincial del Perú, fue el segundo de los que tuvo la Compañía en América.

En 1586 los problemas de salud y las preocupaciones habidas en su cargo de Provincial de la Compañía hicieron que el padre Acosta pidiera volver a la Península ya que se encontraba “aquejado de congojas del corazón y humor de melancolía”, lo que parece implicar una probable enfermedad depresiva o, como dicen otros, alguna dolencia debida al “mal de altura”.

Destinado a Nueva España, reside en la ciudad de México casi un año y en 1587 regresa a la Península. Ocupó la cátedra de Teología en el Colegio Romano en 1594 y hasta su fallecimiento fue nombrado Rector de la Universidad de Salamanca.

Como fruto de su experiencia evangelizadora escribió muy pronto, en latín, seis libros que formaron De Procuranda Indorum Salute (Predicación del Evangelio en Indias), un importante manual en relación la propagación del Evangelio en Indias, en el que se denuncian algunos abusos de los españoles.

Pero, además, su mentalidad abierta y científica le hace observar detenidamente la geografía y naturaleza del Nuevo Continente, de las que dio buena cuenta. Así, recién llegado a la Península publica dos libros sobre la naturaleza americana, y que titula De Natura Novi Orbis, como proemio de la obra ya citada De Procuranda. Dedicada al rey Felipe II, el título completo de la misma es: De Natura Novi Orbis Libri Duo, et De Promulgatione Evangelii apud Barbaros sive de Procuranda Indorum Salute, Libri Sex, De Procurada Indorum Salute (1588). El texto tuvo varias ediciones en poco tiempo.

Toda su fama, al menos desde un punto de vista científico, se la debe a una obra monumental escrita con un lenguaje claro y sencillo: Historia natural y moral de las Indias, publicada en Sevilla en 1590. El título completo de la misma es Historia Natural y Moral de las Indias. En que se tratan las Cosas notables del Cielo y elementos, metales, plantas y animales de ellas y los ritos, ceremonias, leyes y gobierno y guerras de los indios.

En menos de 20 años la obra tuvo cuatro ediciones en España y en menos de 15 fue traducida al francés, italiano, alemán, holandés y latín. Esto nos da una idea de la importancia que tuvo en toda Europa.

José de Acosta es un excelente ejemplo de uno de los muchos religiosos que se embarcaron, a lo largo del siglo XVI, con destino a las Indias. En la Historia natural y moral de las Indias discutió la forma del cielo y de la Tierra, estudió los vientos, mares y ríos del Nuevo Continente, trató de los minerales, vegetales y animales suramericanos y explicó el origen de estos últimos. En resumen, su obra es un compendio de geografía, filosofía natural, botánica y zoología. Él mismo nos los dice en la introducción:

“Así que aunque el mundo nuevo ya no es nuevo sino viejo, según hay mucho dicho y escrito de él, todavía me parece que en alguna manera se podrá tener esta Historia por nueva, por ser conjuntamente Historia y en parte Philosofía, y por ser no sólo de las obras de naturaleza, sino también las de libre albedrío, que son los hechos y costumbres de hombres. Por donde me pareció darle nombre de Historia Natural y Moral de Indias, abrazando con este intento ambas cosas”.

El título bicéfalo (natural y moral) agrupa una serie de escritos monográficos que describen la geografía, la naturaleza y las sociedades americanas. Es el primero de los cronistas de Indias que titula así su obra.

Acosta estructura su texto en siete libros, cuatro de historia natural y tres de historia moral, que se dedican a los aspectos políticos y religiosos. Desde el punto de vista científico destacan, por tanto, el primer libro que se ocupa de la esfericidad de la Tierra y de las características de los hemisferios meridionales y occidentales; el segundo, en el que estudia el clima, temperatura y lluvia en la zona tropical; el tercero, en el que trata de los vientos, océanos y las tierras; y el cuarto que comprende el estudio de los minerales, plantas, y animales.

No obstante, Acosta no intenta realizar en su Historia Natural y Moral una revisión profunda de los fenómenos y seres propios de la naturaleza americana, sino que desea estudiar su significado. Por eso se pregunta “cómo sea posible haber en las Indias animales que no hay en otra parte del mundo”.

Alexander von Humboldt (1769-1859), una de las personalidades científicas más relevantes de la historia y uno de los últimos sabios universales, fue un lector ávido de las crónicas de Indias. Este científico eminente tomó el sistema descriptivo de la Historia Natural y Moral como base para la elaboración de sus ideas. Así, la visión de Humboldt del hombre americano como miembro de la naturaleza tiene precedentes en los jesuitas del siglo XVI y, muy especialmente, en José de Acosta. El naturalista alemán utilizó la Historia Natural y Moral de las Indias para la creación de su obra más importante: Cosmos. De esta manera, a la hora de entender el Nuevo mundo, se pueden apreciar numerosos parecidos entre las descripciones de Acosta y las del científico germano.

Sus observaciones sobre la fisiología de la población andina, habituada a vivir a más de 4000 metros de altitud, han hecho que algunos científicos modernos consideren al padre Acosta precursor de la medicina astronáutica.

Muchos capítulos de la Historia Natural del jesuita están dedicados a la descripción de las especies botánicas y zoológicas. Al comprobar la presencia de especies iguales a las europeas (osos, jabalíes, zorras, etc.) que no han sido llevadas por los españoles y constatando que no pueden pasar el océano a nado y “embarcarlos consigo hombres es locura”, de una manera muy novedosa para su tiempo, Acosta aporta la idea de que los animales han pasado por alguna parte de contacto de las tierras.

Además, en relación con la anterior, integra a los seres humanos en la misma idea zoológica global. Así, al referirse al origen de los primeros pobladores de las Indias escribe: “porque no se trata qué es lo que pudo hacer Dios, sino qué es conforme a razón y al orden y estilo de las cosas humanas”. Y concluye: “es más conforme a buena razón pensar que vinieron por tierra los primeros pobladores de las Indias”.

Mayor dificultad encuentra en explicar el hecho por el cual hay especies muy diferentes a ambos lados del mar. Para explicarla da tres soluciones.

Una de carácter teológico según la cual Dios creó en el Nuevo Mundo unos animales diferentes a los del Viejo Continente. No obstante, el jesuita no se mostraba muy convencido con esta solución ya que implicaba que la creación del Mundo, según el libro del Génesis, no había sido perfecta ya que “restaban nuevas especies de animales por formar, mayormente animales perfectos”. Hay que tener en cuenta que, de acuerdo con las concepciones de la época, después del Diluvio hubo una nueva creación pero, si se habían creado nuevas especies después de él, “no hay que recurrir al Arca de Noé, ni aún hubiera para qué salvar entonces todas las especies de aves y animales si habían de criarse de nuevo”.

En la segunda solución aporta los criterios teológicos, ya que dice que las especies se conservaron en el Arca de Noé; pero también participa con otros científicos y más concretamente biogeográficos: “se fueron a diversas regiones, y en algunas de ellas se hallaron tan bien, que no quisieron salir de ellas, o si salieron no se conservaron, o por tiempo vinieron a fenecer”.

Es la primera vez en la historia de la ciencia en la que se ofrece una explicación de la dispersión geográfica de las especies en relación con su adaptación al medio (“se encontraron tan bien”). Y añade algunos ejemplos de carácter más general: “Y si bien se mira, esto no es caso propio de Indias, sino general de otras muchas regiones y provincias de Asia, Europa y África: de las cuales se lee haber en ellas castas de animales que no se hallan en otras; y si se hallan, se sabe haber sido llevadas de allí”. Y así como hay algunos animales que sólo se encuentran en un territorio (pone el ejemplo de los elefantes que sólo se localizan en la India oriental) “del mismo modo diremos de estos animales del Perú, y de los demás de Indias, que no se hallan en otras partes del mundo”.

Por ello se considera al de Medina del Campo el fundador de la Paleobiogreografía histórica.

Finalmente, la tercera solución es de índole biológica y más concretamente “evolucionista”. Acosta admite que los animales americanos no son más que una modificación de los europeos: “Si los tales animales difieren específica y esencialmente de todos los otros, o si su diferencia accidental, que pudo ser causada de diversos accidentes, como en el linaje de los hombres, ser unos blancos y otros negros, unos gigantes y otros enanos. Así, verbi gratia, en el linaje de los simios ser unos sin cola y otros con cola, y en el linaje de los carneros ser unos rasos y otros lanudos, unos grandes y recios, y de cuello muy largo, como los del Perú; otros pequeños y de pocas fuerzas, y de cuellos cortos, como los de Castilla”.

En fin, el padre José de Acosta fue un científico moderno en la medida que se apoyó en datos empíricos, buscó explicaciones razonables a muchos fenómenos naturales y rechazó muchas veces el “criterio de autoridad” de los clásicos (Aristóteles, por ejemplo), rémora intelectual de buena parte de su siglo y de los precedentes.

Murió en Salamanca, el 15 de Febrero de 1600.

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