Vicente Cervantes (1755-1829)
Vicente Cervantes nació en Zafra (Badajoz) en 1755. Era un hombre con una formación cientÃfica espléndida: tenÃa unos conocimientos botánicos excelentes, habÃa estudiado medicina, era buen filósofo, buen quÃmico y farmacéutico. Dominaba, además, la lengua francesa y era, según su maestro Casimiro Gómez Ortega (1741-1818), un hombre “de capacidad, instrucción y lucimiento”.
Desde su llegada al continente americano, en 1787, para ocupar el cargo de catedrático del Real JardÃn Botánico de México, el nombre de Cervantes se va a ligar el resto de su vida a esa ciudad, a su Real JardÃn Botánico y al estudio y enseñanza de la ciencia de las plantas.
El extremeño va al Nuevo Continente como integrante de una de las más importantes expediciones cientÃficas hispanas del siglo XVIII: la que habÃa de estudiar la historia natural de territorios de Nueva España y otras regiones cercanas: desde San Francisco, en California, hasta la población de León en Nicaragua, la isla de Nukta, en el archipiélago de Vancouver, El Salvador, Guatemala, y las islas de Santo Domingo, Puerto Rico y Cuba. La Expedición ocupó el periodo comprendido entre 1787 y 1803, lo que supuso que fuera la de más duración de las que con categorÃa cientÃfica promoviera la Corona de España. El origen de la misma se encuentra en la personalidad de tres españoles: el Ãmpetu cientÃfico del médico aragonés, a la sazón residente en México, MartÃn de Sessé y Lacasta (1751-1808), el impulso que desde la capital del Reino ejerce el sabio Gómez Ortega y el propicio ambiente cultural español fruto de los deseos de Carlos III.
El jefe de la Expedición era Sessé y el personal más cualificado de la misma lo constituÃan, además de Vicente Cervantes, Juan Diego del Castillo, José Longinos MartÃnez y Jaime Senseve.
Aunque la exploración cientÃfica de Nueva España estaba destinada a ampliar los conocimientos de la naturaleza de ese territorio, la tenacidad de Sessé por un lado y la sabidurÃa cientÃfica, didáctica y pedagógica de Cervantes por otro hicieron que, además, la botánica adquiriera una importancia capital en la vida cultural y cientÃfica de la ciudad de México.
El segedano ejerció durante treinta años como docente de la cátedra de Botánica, en la que explicaba las etimologÃas griega, latina y mejicana de cada planta, sus virtudes terapéuticas y los usos económicos de los distintos vegetales. Sabemos que utilizó el mismo libro que los alumnos que recibÃan clase en el JardÃn Botánico madrileño, esto es, el Curso elemental de Botánica de Casimiro Gómez Ortega y Antonio Palau Verdera (1734-1793). Es significativo que se creara la obligatoriedad de la asistencia a las clases de botánica de los estudiantes de medicina.
Alexander von Humboldt (1769-1859), el más importante de los naturalistas de la época, conoció la labor cientÃfica y didáctica del Cervantes y le llamó sabio, su maestro en el JardÃn Botánico de Madrid, Casimiro Gómez Ortega, dijo de él que era un hombre excepcional y José GarcÃa Ramos enalteció su obra poco después de la muerte del extremeño.
Su trabajo no pasa desapercibido: más de 300 especies vegetales nuevas clasificadas por él fueron enviadas a la penÃnsula Ibérica desde el JardÃn de la capital de Nueva España; muchas publicaciones salieron de su pluma; numerosos discÃpulos se formaron en su cátedra; de entre ellos destacó José Mariano Mociño (1757-1819), que se incorporó a la expedición en 1790.
Antes de finalizado el siglo XVIII, Cervantes habÃa publicado quince obras de tema botánico, algunas de las cuales se han perdido. Fueron trabajos de carácter general y cientÃfico, sobre plantas peninsulares, sobre especies botánicas del Nuevo Mundo y, por último, con contenido destinado a la enseñanza de futuros botánicos y farmacéuticos.
Escribió una obra que sirvió de base a la moderna farmacopea mejicana, el Ensayo a la Materia Médica Vegetal de México, que no se editó hasta casi finalizado el siglo XIX. Fue en los postreros años del Ochocientos cuando se publicaron las dos obras que vienen a ser una especie de resumen de los hallazgos botánicos de la Expedición: Plantae Novae Hispaniae, y Flora Mexicana. Ambas vieron la luz en México: fueron editadas por la SecretarÃa de Fomento y estaban escritas en latÃn. Sin embargo, hay que destacar, con el fin de aclarar los hechos, que las dos fueron publicadas con la sola autorÃa de Sessé y ¡Mociño!, quizá porque éste último era el único que habÃa nacido en territorio mejicano. Suponemos que el fervor nacionalista después de la independencia hizo perder la memoria a los editores de las obras citadas y olvidarse de que tanto Plantae Novae Hispaniae como la Flora Mexicana eran obras eminentemente colectivas. Además, también hay que tener en cuenta que la redacción de las mismas se debió, probablemente, a Sessé, que el español Mociño (criollo, nacido en México) no participó en las dos primeras campañas de la Expedición (en 1789 era todavÃa alumno de Cervantes) y que el más experto botánico de los expedicionarios era Cervantes (todo ello sin olvidar la labor de Castillo y de Longinos).
Los dos textos nos muestran que los cientÃficos habÃan estudiado y descrito los vegetales, mayoritariamente, por su interés florÃstico, en segundo lugar por su utilidad medicinal y, en escasa proporción, por razones alimenticias, industriales u ornamentales.
En 1821 Nueva España se hace independiente. Muchos españoles son expulsados, bastantes mueren fusilados y los numerosos peninsulares que ocupaban cargos públicos son despojados de los mismos, pero el Gobierno del México Independiente hizo una sola excepción en la persona y familia de Vicente Cervantes: le fueron reconocidos sus servicios y se le propuso continuar en el nuevo Estado. El extremeño acepta y asà su vida y su muerte, ochos años después y cuando contaba setenta y cuatro, quedaron ligadas permanentemente a México, capital de la antigua Nueva España.

