PÃo del RÃo Hortega (1882-1945)
PÃo del RÃo Hortega nació en Portillo (Valladolid) en 1882 y en la Facultad de Medicina vallisoletana se licenció en 1905. Durante la carrera, y también después de conseguir el tÃtulo de doctor, estuvo trabajando en el laboratorio del catedrático de HistologÃa Leopoldo López GarcÃa, cientÃfico que asimismo influyó en la formación histológica del más eminente de los cientÃficos españoles, Santiago Ramón y Cajal (1852-1934).
Aunque eventualmente ejerció la medicina (fue médico de su pueblo natal), ese trabajo le resultó tan negativo que optó por realizar el doctorado como una especie de “respiro a pulmón lleno”. Su gran interés cientÃfico lo constituyó la investigación en el campo de la histologÃa y asÃ, aunque realizó trabajos sobre la histologÃa patológica de las tumoraciones nerviosas, su discÃpulo Ortiz Picón lo definió más como histólogo que como anatomopatólogo. Por otra parte, en relación con su personalidad, Fernando de Castro lo definió (1952) como un hombre “muy susceptible, de carácter vidrioso y poseÃdo de gran egolatrÃa”.
En 1913 se traslada a Madrid y trabaja en el Laboratorio de HistopatologÃa del Sistema Nervioso que dirigÃa Nicolás Achúcarro Lund (1880-1918). Una vez en la capital de España, obtiene una beca para ampliar conocimientos en ParÃs y BerlÃn, pero la Primera Guerra Mundial le obliga a volver a Madrid. Tras el fallecimiento de Achúcarro, en 1918, se hace cargo de la dirección del laboratorio histopatológico y, en poco tiempo, don PÃo hace de él un centro de investigación de gran categorÃa internacional. Prueba de ello es que grandes cientÃficos se trasladaron a Madrid para trabajar en su laboratorio; es el caso, por ejemplo, del norteamericano Wilder Penfield.
Al iniciarse la Guerra Civil se exilia a Francia donde trabaja como histopatólogo en el Hospital de la Pieté de ParÃs; posteriormente marcha a Gran Bretaña para investigar en la Universidad de Oxford (de la que fue nombrado doctor honoris causa). Finalmente, en 1940, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, va a Buenos Aires y dirige, hasta su muerte en 1945, un laboratorio histológico dependiente de la Institución Cultural Española de la capital argentina.
PÃo del RÃo Hortega, igual que un gran número de cientÃficos de su tiempo, se integra en el espléndido ambiente cultural que se vive en la España del primer tercio del siglo XX. Es decir, es un cientÃfico que, como muchos, no está sólo interesado en asuntos de laboratorio. Prueba de ello es su relación con los intelectuales de la Residencia de Estudiantes y algunas publicaciones como “Arte y artificio de la ciencia histológica” (1933).
En el mundo de la ciencia don PÃo destacó por la precisión de sus tinciones tisulares. En efecto, fue alterando la tinción de Achúcarro (que utilizaba tanino y plata amoniacal) de tal manera que consiguió realizar importantes estudios de la estructura anatómica de las neuronas y de la neuroglÃa, desarrollando su famoso método del carbonato de plata amoniacal (1918). Estos métodos de tinción permitieron el descubrimiento de unas células que Ramón y Cajal habÃa llamado tercer elemento o glÃa adendrÃtica; los otros elementos eran las neuronas (primer elemento) y la neuroglÃa (segundo elemento), donde se encontraban formas celulares como los astrocitos de la sustancia gris y los de la sustancia blanca. En efecto, RÃo Hortega demostró la existencia de dos estirpes celulares diferentes en este tercer elemento: las células de oligodendroglÃa y las células de microglÃa.
Además, en la década de los 20, el investigador castellano publicó numerosas investigaciones sobre la morfologÃa y génesis de estas células que le valieron renombre internacional. AsÃ, dos importantes cientÃficos alemanes (Metz y Spatz) ya hablaban en esos años de las “células de Hortega” para designar a la microglÃa. Por otro lado, su discÃpulo Ortiz Picón destacó como “el trabajo más original y mejor acabado que ha producido RÃo Hortega” el que publicara en la Memorias de la Sociedad Española de Historia Natural con el tÃtulo de “Tercera aportación al conocimiento morfológico e interpretación funcional de la oligodendroglÃa” (1928).
Y es con los trabajos cientÃficos de esa época cuando surge un aspecto muy negativo, y no bien conocido, de la personalidad de Santiago Ramón y Cajal. En efecto, parece que el sabio de Petilla debió de sentirse “celoso” con los hallazgos de don PÃo y en 1920 escribió dos artÃculos contra sus trabajos cientÃficos. En uno asignaba la prioridad del descubrimiento de la microglÃa a un cientÃfico irlandés (William Ford Robertson) que, como muy bien demostró posteriormente RÃo Hortega, habÃa equivocado la identificación de células de la oligodendroglÃa. Además, el genial don Santiago, intentó quitarle importancia al método de tinción con carbonato argéntico de RÃo Hortega. Pero no fue Cajal el único que menospreció la obra del castellano: Fernando de Castro y RodrÃguez (1896-1967) y Rafael Lorente de No (1902-1990) también pretendieron ningunear sus hallazgos cientÃficos. Bien es cierto que los tres cientÃficos citados reconocieron posteriormente sus equivocaciones y acabaron ponderando los extraordinarios descubrimientos del sabio vallisoletano.
En fin, el principio vital de PÃo del RÃo Hortega se puede resumir con estas palabras suyas: “El espÃritu del investigador arde, sin consumirse, en una lámpara de tres llamas: la policroma de la sensibilidad artÃstica; la blanca y luminosa de la inquietud por descubrir nuevas verdades; la azul, en fin, cuyo vértice se eleva muy alto y busca la eternidad”.

