Santiago Ramón Y Cajal (1852-1934)

La noche del 1 de mayo de 1852 nacía en el enclave navarro de Petilla de Aragón, Santiago Felipe Ramón y Cajal, el más importante de los científicos españoles y uno de los más significativos de la historia de la Humanidad.

Como consecuencia de los traslados de su padre, Justo Ramón Casasús, médico de profesión, creció en los pueblos aragoneses de Larrés, Luna, Valpalmas y Ayerbe. En 1861 inicia el Bachillerato en el Colegio de los Padres Escolapios de Jaca, que continúa desde 1864 en el Instituto de Huesca y en 1869 comienza en Zaragoza los estudios de preparación de Medicina. Una vez finalizados ingresa en la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza, porque su padre ha obtenido la plaza de médico de la Beneficencia provincial en la capital aragonesa y es nombrado Profesor Interino de Disección.

Aunque se licencia en Medicina en 1873, Ramón y Cajal no tiene un interés notable por la ciencia médica y, por eso, gran parte de su tiempo universitario lo usa en el desarrollo de su “manía literaria”, que le lleva a escribir diversas obritas; su “manía gimnástica” que le hace adquirir una mejora muscular importante y le persuade de que “el excesivo desarrollo muscular en los jóvenes conduce casi indefectiblemente a la violencia y el matonismo”; y, finalmente, su “manía filosófica”, que lo lleva a leer casi todas las obras de metafísica existentes en los anaqueles de la Universidad aragonesa. Finalmente, su permanente afición y su extraordinaria habilidad para el dibujo hicieron del sabio español un ilustrador excelente de sus artículos científicos, libros, clases, conferencias, etc.

Con motivo de la llamada “Guerra de los 10 años” que se produjo en Cuba (1868) y de la tercera Guerra carlista (1872), el Jefe del Gobierno Emilio Castelar había promulgado el reclutamiento obligatorio de todos los mozos útiles y el joven Santiago fue llamado a filas; después aprobó las oposiciones de médico militar con el rango de teniente y en 1874, como capitán, fue enviado a la isla caribeña. En ella contrajo el paludismo y la disentería, lo que le hizo volver a península Ibérica en junio de 1875. Probablemente, los muchos dolores, cólicos y diarreas que tuvo el histólogo durante su vida fueron las secuelas de las dos enfermedades citadas.

Su etapa de médico militar y los informes que aportó con motivo de la epidemia de cólera ocurrida en Valencia en 1866 fueron sus únicas actuaciones como médico.

Se doctora en Medicina (1877) y a partir de entonces comienza sus investigaciones histológicas gracias a la buena labor e influencia de dos maestros muy significativos: Aureliano Maestre de San Juan Muñoz (1828-1890), primer catedrático de Histología de la Universidad española, y su ayudante Leopoldo López García (1854-1932). Ambos lo inician en la disciplina biológica en la que iba a destacar, la Histología, y gracias a ellos Cajal aprendió las técnicas necesarias para realizar las preparaciones micrográficas. Es, por tanto, anticientífico el hecho, repetido machaconamente, de considerar la obra de Santiago Ramón y Cajal como la de un autodidacta sin raíces en la tradición científica española. El de Petilla no es la excepción que confirma la regla, sino la manifestación del despertar científico español que se empieza a expresar en las últimas décadas del siglo XIX.

En Zaragoza, en 1879, se casó con Silveria Fañanás García, con la que tuvo siete hijos: Fe (1880), Santiago (1883), Enriqueta (1884), Paula (1885), Jorge (1886), Pilar (1890) y Luis (1892).

Tras dos intentos frustrados, en 1883 gana la cátedra de Anatomía de la Universidad de Valencia y cuatro años después ocupa en la Universidad de Barcelona la cátedra de Histología normal y patológica. Finalmente, en 1892, en Madrid, ocupa la cátedra de esa misma asignatura.

En 1887 fue nombrado miembro de un tribunal de oposiciones y residió un tiempo en Madrid. Aprovechó entonces para visitar a su primer maestro en la histología, Maestre de Sanjuan, y el laboratorio de Luis Simarro Lacabra (1851-1921), catedrático de Psicología Experimental de la Universidad de Madrid. Con él aprendió las técnicas de tinción del sistema nervioso por el método del cromato de plata, que utilizaba el gran histólogo italiano Camilo Golgi (1844-1926): ve que, aparentemente al azar, sólo unas pocas células de una región se tiñen y lo hacen por completo. De esta manera, con el método de Golgi, se podían ver unas pocas neuronas teñidas, cada una de ellas completa (para muchos científicos éste ha sido el descubrimiento más importante de la neurohistología después de la invención del microscopio). Después utilizó también el método del nitrato de plata reducido, de su invención, que permitió conocer la disposición de las neurofibrillas neuronales.

Su año más sobresaliente desde el punto de vista científico es 1888, el que denomina “mi año cumbre, mi año de fortuna”: demuestra la individualidad o independencia de las neuronas, esto es, comprueba que las neuronas son células que están separadas unas de otras y que se comunican entre sí: entre las neuronas hay contigüidad pero no continuidad. Esto da el traste con la “teoría reticular”, que defendían Golgi y otros, que consideraban al sistema nervioso formado por una maraña de células unidas. Años más tarde escribió un gran libro que sintetizaba las dos posturas de la neurohistología de la época: ¿Neuronismo o reticularismo? (1933).

Por otra parte, la doctrina de la individualidad neuronal le permite concluir que el soma y las dendritas tienen que intervenir en la conducción nerviosa y que el impulso nervioso se trasmite por “contacto o por una suerte de inducción”. Es decir, estableció lo que fue corroborado en 1954 por George Emil Palade (1912) con la ayuda del microscopio electrónico: la sinapsis, término acuñado por el neurobiólogo británico Charles Scott Sherrington (1857-1952) en 1934, que consideraba al de Petilla como “el anatómico del sistema nervioso más grande que se ha conocido”.

No obstante, a finales de los años 80, Ramón y Cajal no es popular entre la comunidad de científicos, de manera que tiene que “arrastrar” (literalmente) a Albert Von Kölliker (1817-1905), en el Congreso de Berlín de 1889 (al que asistió pagándose los gastos), hacia sus preparaciones histológicas, convencerle de sus descubrimientos y conseguir que el germano-suizo se admirarse ante ellos.

A partir de este momento su reconocimiento científico internacional fue extraordinario: era requerido por las universidades nacionales y extranjeras y recibía premios, galardones y distinciones de los más importantes centros de investigación de todo el mundo.

Santiago Ramón y Cajal ingresó en la Real Sociedad Española de Historia Natural en 1892 y cinco años más tarde fue su Presidente.

Aportó pruebas de lo que llamó “principio de polarización dinámica”: la excitación nerviosa se propaga desde las dendritas hasta el axón, es decir, hay una unidireccionalidad en la transmisión del impulso nervioso, lo que demuestra con unos trabajos, de 1889 y 1990, sobre la retina y el bulbo olfatorio.

A partir de la década de los 90 estudia el desarrollo de la médula espinal en embriones de pollo y descubre una estructura fundamental en el crecimiento de los axones primitivos: el “cono de crecimiento”. Para explicar el movimiento del cono postula la existencia de sustancias químicas que estimulan la división del mismo. Mucho después, Roger Wolcott Sperry (1913-1994), en 1968, corroboró la hipótesis cajaliana y en 1975 Rita Levi-Montalcini (1909) descubrió una sustancia proteica responsable del alargamiento de los axones en los ganglios simpáticos: el NFG (Factor de crecimiento nervioso).

Cajal realizó también otra aportación excepcional: da numerosas pruebas en multitud de artículos en las que demuestra que las conexiones neuronales, las sinapsis, no se producen de una manera aleatoria, casual, sino que son muy organizadas y tienen un carácter específico. Así, publica muchos trabajos sobre la neuroarquitectura de diferentes porciones del encéfalo, identifica numerosas células y, en la medida que le fue técnicamente posible, explica cómo se producen las conexiones entre las diferentes estructuras nerviosas que describe. En la primera década del siglo XX estudió la degeneración y regeneración de estructuras encefálicas, médula y nervios periféricos, lo que le llevó a escribir La Degeneración y Regeneración del sistema nervioso (1913-1914), referencia obligada en los primitivos trabajos relacionados con la plasticidad del sistema nervioso.

Cajal perfeccionó el método de Golgi y consiguió, con ello, ampliar sus descubrimientos y dar nuevos pasos en el conocimiento de la neurobiología. Publica entonces su libro más importante: Textura del sistema nervioso del hombre y los vertebrados (1904), considerada en la actualidad la “obra única” más importante de la neurobiología.

Años después inventa dos nuevos métodos histológicos: el del formol-urano (1912), con el que estudia el aparato de Golgi de las neuronas y el del sublimado-oro (1913), que le permite diferenciar la neuroglia.

En 1907 se funda en España la Junta para la Ampliación de Estudios (JAE) bajo la presidencia del sabio de Petilla; una institución fundamental para la ciencia de la época que tenía la finalidad de fomentar y promover los intercambios intelectuales con el extranjero, animar a la investigación científica nacional y favorecer el desarrollo de instituciones educativas.

Su prestigio lleva al Gobierno español a crear el Laboratorio de Investigaciones Biológicas (1901), una de las instituciones fundamentales de la ciencia española del siglo XX. La personalidad científica de Ramón y Cajal fue la aglutinante de toda una generación de científicos que alrededor de ese centro y los laboratorios creados por la JAE en la Residencia de Estudiantes, consolidaron la base científica española y fueron la referencia para un gran número de investigaciones en neurología, histología y fisiología del sistema nervioso. Y es que el de Petilla fue un científico que creó escuela. Entre sus discípulos cabe destacar a Jorge Francisco Tello, Fernando de Castro, Rafael Lorente de No, etc. Asimismo, su prestigio hizo trabajar en el Laboratorio a numerosos científicos extranjeros y consiguió que la revista Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas (Travaux du Laboratoire de Recherches Biologiques) fuese referencia obligada de la ciencia de todo el mundo.

Tuvo innumerables reconocimientos científicos: además de importantísimos galardones internacionales como la Medalla de Oro de Helmholtz de la Real Academia de Ciencias de Berlín (1905) y el Premio Nobel de Fisiología y Medicina de la Academia Sueca (1906), Ramón y Cajal era Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cambridge (1894), Miembro de la Real Academia de Ciencias de Madrid (1895), Premio Faurelle por la Sociedad de Antropología de París (1896), Miembro de la Real Academia de Medicina de Madrid (1896), Doctor Honoris Causa por la Universidad de Worcester (1899), Premio Internacional de Moscú (1900), Gran Cruz de Isabel la Católica (1900), Gran Cruz de Alfonso XII (1900), Miembro electo de la Real Academia Española (1905), Premio Echegaray de la Real Academia de Ciencias de Madrid (1922), etc.

En 1900 fue nombrado Consejero de Instrucción Pública, pero seis años después rechazó el cargo de Ministro de Instrucción Pública.

En 1984, en el repertorio Science Citation Index, del que forman parte las 3000 revistas de mayor importancia en todas las ramas de la ciencia, el neurobiólogo español fue el científico “clásico” más citado. Concretando un poco más: Ramón y Cajal era citado 382 veces, lo que supone 46 citas más que el más conocido de los hombres de ciencia de todos los tiempos, Albert Einstein, y muchas más que el más influyente de los biólogos de la humanidad, Charles Darwin, cuyas referencias eran 239.

Las obras no científicas de Ramón y Cajal son de fácil lectura y constituyen una ayuda excelente a la hora de forjar la estatura espléndida de su personalidad: las Impresiones de un arterioesclerótico, subtítulo de su libro El mundo visto a los ochenta años son una muestra de la obsesión del sabio por la decadencia física de la persona. Los relatos biográficos: Mi infancia y juventud y los magníficos Recuerdos de mi vida y los Tónicos de la voluntad. Reglas y consejos sobre investigación científica son libros que deberían ser de lectura obligada para nuestros científicos de hoy. Las Charlas de café no son más que, tal y como reza en el prólogo del autor, “una colección de fantasías, divagaciones, comentarios y juicios, ora serios, ora jocosos, provocados durante algunos años por la candente y estimuladora atmósfera del café”. Los discursos y artículos recopilados en La psicología de los artistas y los Cuentos de vacaciones son unas narraciones seudocientíficas escritas como “desahogos o compensaciones dinámicos de un espíritu fatigado por veinticinco años de disciplina y de labor científica”. Por último, quiero destacar que durante los primeros años del siglo XX, Cajal publicó unos artículos técnicos sobre la fotografía que vieron la luz en diversas revistas científicas: los Anales de la Sociedad Española de Física y Química, la Revista de la Real Academia de Ciencias y en La Fotografía. Esta etapa culminó con la publicación en 1912 de su libro La fotografía de los colores.

Fue un hombre que unió la ciencia al espíritu patriótico: “Grande fue España en otros siglos por el caballeresco espíritu de aventuras y descubrimientos geográficos. Mas los tiempos han cambiado. Ya no quedan Indias por descubrir. No desmayemos, sin embargo. Otras Indias más grandes, ricas y prestigiosas nos esperan… Todos podemos ser Colones de esta nueva España, con tal que aliente en nosotros, con la robusta voluntad de nuestros abuelos, intensa cultura, paciencia inquebrantable, patriotismo acendrado y sin desmayos. Aun a los más humildes nos será dado enriquecer la herencia de glorias de la raza hispana, si no con vasto continente, con modesto islote, donde, andando el tiempo, cuando la nueva verdad, la abstracta invención científica se encarne en aplicación industria, tendrá su nido una familia humana, acaso muchedumbre de conciudadanos, que habrán nacido al mágico conjuro de la Ciencia, como el Cosmos al excelso fiat del Creador. Y estas tierras y estas vidas, por la ciencia ofrendadas cual homenaje de amor en el altar augusto de la Patria, jamás nos serán arrebatadas, porque estarán eternamente grabadas en las páginas de la civilización y quedarán defendidas por la gratitud de la humanidad”.

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Falleció en Madrid el 17 de octubre de 1934.

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