Severo Ochoa de Albornoz (1905-1993)

Severo Ochoa nació en el pueblo asturiano de Luarca, en el seno de una familia acomodada que había amasado una buena fortuna en Puerto Rico. Era el último de siete hermanos.

Cursa el Bachillerato en los institutos de Segunda Enseñanza de Málaga y Sevilla. En 1922 comienza sus estudios en Madrid en la Facultad de Medicina de la Universidad Central, aunque él no quiere ser médico, sino que desea dedicarse a la investigación científica y más concretamente a la biología experimental. En la Universidad madrileña encontró al maestro que iba a ser una pieza clave en su carrera de investigador: Juan Negrín López (1892-1956), fisiólogo canario que había estudiado en Alemania, nación que entonces tenía una de las sociedades científicamente más descollantes. Además, en esos años, Ochoa se relaciona con el extraordinario ambiente cultural que vive la Residencia de Estudiantes.

Siempre estuvo en contacto con los maestros más eminentes. En el verano de 1927 va a Glasgow, al laboratorio de Noël Paton y publica ese mismo año su primer artículo científico en inglés en la revista Proceedings of the Royal Society: “Acción de las guanidinas en los melanóforos de la piel de la rana”. En 1929 ocurre lo mismo con el trabajo titulado “Un micrométodo para la determinación de la creatinina en el músculo”, que apareció en la muy prestigiosa Journal of Biological Chemistry. En 1928, antes de finalizar el doctorado, viajó a Alemania para trabajar con el premio Nobel (en 1922), Otto Meyerhof (1884-1951).

En Puerto Rico la familia Ochoa se había relacionado con españoles como la familia García Covián, también asturiana. Esta relación se mantuvo después de haber regresado a la Península, de manera que la hija menor del matrimonio, Carmen, casó con don Severo en 1931, la mujer que, según su confesión, “iluminó” su vida y que, al fallecer en 1988, fue la causa de la profunda depresión en la que cayó el bioquímico.

En 1932, becado por la Universidad de Madrid, va a Londres para trabajar con los bioquímicos Harold W. Dudley y Henry Dale (1875-1968), este último premio Nobel de Medicina en 1936; con ellos inicia sus investigaciones sobre la contracción muscular. Fruto de estos trabajos en el extranjero, y de otros en nuestro país, en junio de 1934 lee su tesis doctoral que versa sobre “Los hidratos de carbono en los fenómenos químicos y energéticos de la actividad muscular”. Repetiría el viaje en 1935, esta vez becado por la Junta para la Ampliación de Estudios, al Departamento Fisiológico del University College de Londres, que dirigía el profesor Archibald Hill (1886-1977), otro de científicos galardonados con el Nobel (1922) que se cruzaron en la vida de Ochoa.

A su regreso a España surge un incidente que no ha sido muy comentado por los panegiristas del profesor Negrín. El afamado fisiólogo, su antiguo maestro, propone al asturiano que se presente a unas oposiciones que se han convocado para cubrir la plaza de catedrático de Fisiología en la Universidad de Santiago de Compostela. Aunque Ochoa no está muy interesado en ella compite por la misma. A fin de cuentas, el presidente del tribunal es Negrín y uno de sus miembros es un amigo íntimo desde el bachillerato, José María García Valdecasas. No hay duda de que, de los tres opositores, don Severo es el mejor, pero… uno de ellos, el barcelonés Jaime Pí Sunyer, es hijo del excelente científico, a la sazón catedrático de Fisiología en la Universidad de Barcelona, Augusto Pí Sunyer (1879-1965). Ochoa se sintió traicionado y no perdonó a sus antiguos maestros y condiscípulo que hubieran intervenido en el engaño.

Después estuvo durante un tiempo en el Instituto de Ciencias Médicas que, en Madrid, había creado el conocido profesor de la Facultad madrileña Carlos Jiménez Díaz.

Se inicia la Guerra Civil y los Ochoa marchan a Heidelberg, al laboratorio de su maestro Meyerhof; publica entonces trabajos que marcan una clara orientación de sus investigaciones: formación del ácido láctico muscular y obtención de la coenzima A del músculo de los mamíferos. Obtiene después una beca en el Laboratorio de Biología Marina de Plymouth y publica en Nature un importante trabajo sobre la transfosforilación en músculos de invertebrados. Finalmente, antes de su definitiva marcha a Norteamérica descubre, a la vez que otros científicos (Belitzer y Kalckar), el fenómeno bioquímico de la fosforilación oxidativa y demuestra que se producen tres moléculas de ATP por cada átomo de oxígeno que se consume (relación P/O). Este valor aparece en algunos textos, a partir de entonces, como “efecto Ochoa”.

La Segunda Guerra Mundial hace que el matrimonio Ochoa huya a los Estados Unidos. Se instala en Saint Louis, en el laboratorio de los esposos Cori, Carl (1896-1984) y Gerty (1896-1957), famosos en todo el mundo científico y que, en 1947, obtuvieron el premio Nobel de Medicina. Aquí adquiere unos importantes conocimientos de enzimología. En 1941 parte hacia Nueva York para trabajar en los departamentos de Medicina y Química de la Universidad. Desde entonces y hasta que se jubila en 1974, desarrolla su labor científica en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York, donde es director de su Departamento de Farmacología (1946-1954) primero y de Bioquímica (1954-1974) después. Cuando se jubila es invitado por los laboratorios Hoffmann-La Roche en Nutley, New Jersey, y se traslada con su equipo, en calidad de Investigador Distinguido, al Instituto Roche de Biología Molecular.

Hasta entonces Severo Ochoa ha realizado importantísimos trabajos sobre procesos bioquímicos que hoy son sobradamente conocidos: sobre el ciclo del ácido cítrico, metabolismo de los ácidos grasos, fotosíntesis, etc. Sin embargo, en 1955, realiza un descubrimiento extraordinario: el grupo de investigación del profesor Ochoa sintetiza, por primera vez en el tubo de ensayo, el ácido ribonucleico (ARN), lo que consigue con la enzima polinucleótido fosforilasa, que había sido descubierta en su laboratorio. Este hecho -publicado en el Jornal of the American Chemical Society– trascendental para el posterior desciframiento del código genético, le valió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina, en 1959. Durante poco más de un lustro su grupo de investigación y los de Marshall Nirenberg (1927-) y de Gobind Khorana (1922-) consiguieron descifrar por completo la clave genética (Nirenberg y Khorana recibieron por ello el Premio Nobel, en 1968, Ochoa podía muy bien haberlo obtenido con ellos porque sus investigaciones eran las mismas).

Desde 1964 estuvo trabajando en los procesos de replicación de los virus con ARN y en los mecanismos de la síntesis proteica, lo que le llevó al descubrimiento de los “factores de iniciación” de la misma.

Además del premio Nobel, Ochoa obtuvo numerosas distinciones científicas. Así, era Doctor honoris causa por numerosas universidades: San Luis, Glasgow, Oxford, Michigan, Salamanca, Granada, Oviedo, etc. También fue galardonado con la Medalla Neuberg de Bioquímica (1951), el Premio Charles Meyer de la Société de Chimie Biologique (1955), el Premio Borden de Ciencias Médicas (1958) y las Medallas de la Société de Chimie Biologique y de la Universidad. de Nueva York (1959).

Desde 1977 ejerció de investigador en el instituto madrileño que se creó gracias a su aliento: el Centro de Biología Molecular “Severo Ochoa” (CBMSO). En 1986, se instaló definitivamente España, en el CBMSO, hasta su fallecimiento en la capital el 1 de Noviembre de 1993.

ochoa

Sin lugar a dudas, el profesor Severo Ochoa ha sido una de las mentes más preclaras en el mundo de la biología molecular durante cincuenta años y el padre de la Bioquímica española, a cuyo amparo, en los Estados Unidos, se han formado eminentes científicos nacionales: Santiago Grisolía, Margarita Salas, Eladio Viñuela, Antonio Sillero, César Nombela, etc. Él fue uno de los grandes impulsores de la creación de la Sociedad Española de Bioquímica (1963), que en la actualidad conocemos como Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular. Aunque era un gran amante de las artes y muy especialmente de la ópera, como muy bien dijo una vez: “mi hobby es la bioquímica”. Además, y como colofón, merece la pena traer a colación unas palabras de don Severo a los universitarios españoles, que son una demostración de su amor por la labor científica: “Si os apasiona la ciencia haceros científicos. No penséis lo que va a ser de vosotros. Si trabajáis firme y con entusiasmo, la ciencia llenará vuestra vida”.

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