Cómo funciona
Una persona nota que una amiga está mal aunque diga que no le pasa nada, entiende por qué y decide cómo hablarle. Eso es lo que recoge la inteligencia emocional: reconocer, comprender y manejar emociones, las propias y las ajenas. La idea apareció en psicología a comienzos de los años 90. Un trabajo influyente de Salovey y Mayer la definió como vigilar los sentimientos propios y ajenos, distinguirlos y usar esa información para guiar lo que se piensa y se hace.
Se concibió como un conjunto de capacidades parecido a la inteligencia general, es decir, a la capacidad de razonar y resolver problemas. Y tiene una raíz más antigua: la idea de que entender a las personas es una forma de inteligencia.
Para saber si alguien conduce bien hay dos maneras. Una es el examen práctico, un recorrido en el que un examinador anota aciertos y fallos y que muestra lo máximo que esa persona sabe hacer. La otra es preguntarle cómo conduce cada día, y lo que cuenta entonces es lo que hace de costumbre. Con las emociones existen esas dos vías y una tercera que las mezcla.
El examen práctico corresponde al modelo de habilidad. Ve la inteligencia emocional como una capacidad que se prueba resolviendo problemas sobre emociones, con respuestas que se dan por buenas o por malas. En un cruce, la norma dice quién pasa primero. Ante una emoción no hay norma escrita, y la respuesta «correcta» la fija el criterio de unos expertos.
Preguntar al conductor corresponde al modelo de rasgo. Ve la inteligencia emocional como una forma de ser que dura en el tiempo y la mide con un cuestionario en el que la persona se valora a sí misma, el autoinforme, sin respuestas correctas. Tiende a predecir mejor lo que alguien hace de verdad.
El modelo mixto equivale a una sola nota que sumara el examen, el trato a los pasajeros y otras destrezas del conductor. Reúne rasgos, destrezas sociales y otras habilidades, y sus cuestionarios se parecen en parte a los que miden la personalidad.
Sobre para qué sirve, lo medido es modesto. Quien sale bien en las pruebas de habilidad suele estar algo más satisfecho en el trabajo y rendir algo mejor, pero la diferencia es pequeña. Con los cuestionarios de rasgo y los mixtos, la relación con esas mismas cosas es mediana. Según una revisión, el de rasgo se asocia además con formas eficaces de afrontar los agobios de cada día, en adultos y en niños.
Varios especialistas en inteligencia y en personalidad dudan de que haya algo nuevo. Quien puntúa alto en las pruebas de habilidad tiende a puntuar alto también en las de inteligencia general, y por eso quizá midan lo mismo, aunque algún estudio apunta lo contrario. Del cuestionario de rasgo algunos dicen algo parecido respecto a la personalidad. Sería como descubrir que el buen conductor es solo alguien con reflejos y prudencia. Otros críticos añaden que tantas definiciones distintas ponen en duda el propio término.
Los defensores responden que el cuestionario de rasgo añade información que no dan ni la inteligencia ni la personalidad. Dicen también que las preguntas de muchas pruebas son coherentes entre sí. Los estudios no se ponen de acuerdo sobre quién tiene razón.