En una frase
El calentamiento del planeta perjudica la salud de dos maneras. Una es directa: más fenómenos extremos que hieren, enferman o matan. La otra es indirecta, y más lenta: el calentamiento altera a gran escala los sistemas naturales de la Tierra, y esos cambios terminan llegando a las personas.
Cómo funciona
El punto de partida es un planeta más caliente. Desde los años setenta, la superficie de la Tierra se ha calentado en cada década, un ritmo que supera al de cualquier otro periodo de cincuenta años en al menos los últimos dos mil años. En el siglo XXI la temperatura está 1,09 °C por encima de la registrada en la segunda mitad del siglo XIX.
Ese calor extra llega al cuerpo por dos caminos. El directo pasa por tormentas, inundaciones, sequías, olas de calor e incendios forestales, capaces de causar lesiones, enfermedades o muertes. El indirecto pasa por cambios en el entorno: un aire de peor calidad, la propagación de enfermedades infecciosas.
El calor tiene un límite medible para el cuerpo humano. Para medirlo se usa la temperatura de bulbo húmedo, la que marca un termómetro envuelto en un paño mojado: un solo número que reúne el calor y la humedad del aire. A 35 °C de bulbo húmedo se sitúa el llamado umbral fisiológico de adaptabilidad humana al calor y la humedad. A 31 °C la situación ya es peligrosa, incluso para personas jóvenes y sanas.
Hasta 2020, solo dos estaciones meteorológicas habían registrado 35 °C de bulbo húmedo, y durante muy poco tiempo. Se espera que esos episodios sean más frecuentes y más largos a medida que avance el calentamiento.
En las ciudades, la exposición a calor extremo por encima de 30 °C se triplicó entre 1983 y 2016, medida con un índice emparentado con el anterior: la temperatura de globo de bulbo húmedo. Parte del aumento se debe a que esas ciudades tienen hoy más habitantes. Sin contar ese crecimiento de población, la subida fue de alrededor del 50%.
El aire también cambia. Más dióxido de carbono en la atmósfera y temperaturas más altas actúan a la vez sobre las plantas. Juntos aumentan la producción de polen y alargan su temporada, hasta el punto de elevar en un 40% el polen que flota en el aire.
Hay además un margen de temperaturas en el que la humanidad ha prosperado durante los últimos seis mil años: el nicho climático humano. Se estima que entre 1960 y 1990 el cambio climático dejó fuera de ese margen a más de 600 millones de personas, el 9% de la población mundial.