Cómo funciona
Todo parte de los gases de efecto invernadero. Son gases de la atmósfera, entre ellos el dióxido de carbono, el metano, el vapor de agua, el óxido nitroso y el ozono, que absorben y devuelven parte del calor que la superficie terrestre emite. Cuantos más hay, más calor vuelve hacia el suelo y más se calientan la superficie y el aire cercano. Ese efecto es natural y necesario: sin el vapor de agua, el planeta no sería habitable.
El problema es la cantidad. Durante cientos de miles de años, el dióxido de carbono osciló en ciclos entre unas 180 y unas 300 partes por millón (ppm), es decir, entre 180 y 300 moléculas de ese gas por cada millón de moléculas de aire. Pasar del mínimo al máximo llevaba unos 50.000 años. Hoy la cifra ya ha superado ese techo: en 2011 era de 392 ppm, y el aumento ha ocurrido en cuestión de siglos. La causa principal es la quema de combustibles fósiles, como gasolina, carbón y gas natural. La deforestación y la fabricación de cemento también lo liberan.
El calentamiento deja huellas físicas. Los glaciares retroceden, el hielo marino del Ártico pierde extensión y grosor, y el nivel del mar sube, en parte por el hielo fundido y en parte porque el agua se dilata al calentarse. La subida media era de 1,8 milímetros al año, pero entre 1993 y 2010 llegó a entre 2,9 y 3,4.
Sobre los seres vivos, el efecto llega por tres vías. La primera es geográfica. Cada especie ocupa un área, su rango, donde el clima le conviene. Al calentarse el planeta, los climas fríos se desplazan hacia los polos y hacia las cumbres, y las especies deben seguirlos. En el camino pueden encontrar huecos sin hábitat adecuado, y en el destino se topan con especies que nunca habían tenido cerca, con las que ahora compiten.
La segunda vía es temporal. La fenología estudia cómo el clima marca el momento de los acontecimientos del ciclo vital, como la floración de una planta o la migración de un ave. Si cambia la temperatura, esos momentos se adelantan o se retrasan, pero no todas las especies lo hacen al mismo ritmo. Una planta que florece antes de que salgan sus insectos polinizadores pierde a quien la ayuda a reproducirse.
La tercera vía es la suma de presiones. Las tres amenazas más directas para la biodiversidad son la pérdida de hábitat, la sobreexplotación y la introducción de especies exóticas, es decir, llevadas por las personas a lugares donde no evolucionaron. El cambio climático se considera una cuarta causa de extinción. Hasta ahora ha pesado menos que las otras, pero se prevé que gane peso a lo largo de este siglo, sobre todo en combinación con ellas. Las estimaciones difieren mucho: entre el 15 % y el 40 % de las especies estarían condenadas a extinguirse hacia 2050.
El pasado da una medida. Hacia el final del Pérmico, hace unos 251 millones de años y en una de las épocas más cálidas de la Tierra, se extinguió cerca del 70 % de las especies terrestres de plantas y animales y el 84 % de las marinas. El calentamiento global se ha asociado con al menos una extinción masiva.