En una frase
La inmunosenescencia es el deterioro gradual del sistema inmunitario que trae el paso de los años. Afecta a la capacidad de responder a las infecciones, y también a la formación de memoria inmunitaria duradera: la que se busca, por ejemplo, con la vacunación.
Cómo funciona
El sistema inmunitario tiene dos capas. La inmunidad innata es la primera línea: actúa enseguida y de forma general. La inmunidad adaptativa es más lenta, pero reconoce invasores concretos y los recuerda. La edad desgasta las dos, por varios frentes a la vez.
1. La fábrica pierde fuerza. Todas las células de la sangre, defensas incluidas, nacen de las células madre hematopoyéticas, alojadas en la médula ósea. Con los años se renuevan peor. Las causas son dos: el daño oxidativo que se acumula en su ADN por la propia actividad de la célula, y el acortamiento de los telómeros, los extremos protectores de los cromosomas.
Hay un límite de fondo. Una célula solo puede dividirse un número máximo de veces, el llamado límite de Hayflick. Cuando lo supera, muere o deja de cumplir su función.
La fábrica cambia de producto, también. Las células madre envejecidas fabrican más células del linaje mieloide (el de los fagocitos, que engullen microbios) que del linaje linfoide (el de los linfocitos T y B, el núcleo de la inmunidad adaptativa).
2. La escuela de los linfocitos T cierra poco a poco. Los linfocitos T terminan de madurar en el timo, un órgano situado en el pecho. En las personas, el tejido útil del timo empieza a sustituirse por grasa desde muy pronto, y el proceso se acelera en la pubertad. Es la involución tímica.
Cada linfocito T lleva en su superficie un receptor, una pieza que encaja solo con un fragmento concreto de un invasor. Un buen sistema inmunitario necesita muchísimos receptores distintos, como un llavero con llaves para muchas cerraduras. Si el timo produce menos linfocitos T nuevos, el llavero se queda corto.
El cuerpo compensa en parte: los linfocitos T que ya existen se dividen fuera del timo y mantienen el número total. Pero copiar llaves viejas no crea llaves nuevas. Hay los mismos linfocitos, con menos variedad.
3. La primera línea se vuelve torpe. En las personas mayores hay menos fagocitos, y matan peor a las bacterias. Las células NK (asesinas naturales, que destruyen células infectadas) pierden eficacia. Las células dendríticas, que capturan trozos del invasor y se los muestran a los linfocitos T para ponerlos en marcha, cumplen peor esa tarea. Sin esa señal clara, los linfocitos T no organizan bien la respuesta adaptativa.
4. Los anticuerpos pierden puntería. Los anticuerpos son proteínas que fabrican los linfocitos B y que se pegan al invasor para marcarlo. Con la edad, la médula produce menos linfocitos B nuevos, y sus anticuerpos son menos variados y se adhieren con menos fuerza a su objetivo. Falla, además, el cambio de clase, el ajuste por el que un linfocito B pasa a fabricar otro tipo de anticuerpo con la misma diana. Escasean, también, los linfocitos T que ayudan a los B a madurar. El resultado es una respuesta más floja ante microbios desconocidos y vacunas que funcionan peor.
5. La inflamación no se apaga. Las citoquinas son las moléculas con las que se comunican las células inmunitarias. En la vejez predominan las que avivan la inflamación. Aparece así un estado inflamatorio crónico y de baja intensidad, sin infección visible, conocido como inflammaging. No es solo más inflamación. Cambia su ritmo: arranca y se resuelve de otra manera, y tiende a persistir y dañar los tejidos.
Una explicación evolutiva propone que la inflamación, útil en la juventud para neutralizar amenazas, se vuelve perjudicial en una etapa de la vida que la evolución apenas tuvo en cuenta. Es la teoría de la pleiotropía antagonista: una hipótesis sobre el porqué, no una causa demostrada.
Todo esto pesa. La inmunosenescencia se considera un factor importante en la mayor frecuencia de enfermedad y muerte entre las personas mayores, y se asocia a defensas más débiles frente a los virus, peor respuesta a las vacunas y más casos de cáncer.