Cómo funciona
Un barrio con todos los locales alquilados tiene panadería, taller, mercería y bar, y cada negocio vive de un oficio distinto. El intestino grueso se parece a ese barrio. Lo habita una comunidad enorme y muy apretada de microbios, sobre todo bacterias. En la calle se llama flora intestinal y en los laboratorios, microbiota.
La palabra microbioma suele usarse casi como sinónimo de microbiota. Algunos textos la reservan para los genes de esos microbios, y otros para los microbios junto con lo que fabrican y el ambiente en el que viven.
Se conocen muchísimas especies de microbios intestinales, pero cada persona alberga solo una parte. El vecindario se concentra al final del tubo digestivo. En el intestino delgado la comida pasa deprisa y hay ácidos y oxígeno, de modo que pocas bacterias aguantan. En el grueso el paso es lento, y allí se instala la mayor comunidad, formada por bacterias que viven sin oxígeno.
Los negocios de este barrio trabajan con lo que nadie más quiso. Su materia prima son los restos de comida que el cuerpo no ha podido digerir, sobre todo la fibra. Las bacterias tienen herramientas para trocearlos que el cuerpo humano no tiene. Con esos trozos sacan energía sin usar oxígeno, un proceso llamado fermentación. De residuo quedan unos ácidos pequeños y gases, y la mayoría de los gases no huelen.
Uno de esos ácidos es el principal combustible de las células que tapizan el intestino grueso. La comunidad fabrica además varias vitaminas y entrena a las defensas del cuerpo.
Los negocios también se abastecen unos a otros, como el bar que cocina con el pan que le sobra a la panadería. Lo que una bacteria expulsa como desecho es la comida de otra.
Con todos los locales ocupados, quien llega de fuera no encuentra ni sitio ni clientela. Las bacterias residentes compiten con los recién llegados por los lugares donde fijarse y por el alimento. También producen sustancias que frenan a otros microbios.
Un barrio se estropea cuando cierran muchos negocios a la vez. Eso es la disbiosis intestinal: la comunidad pierde variedad y se queda con menos microbios útiles. Los oportunistas ganan terreno en los locales vacíos.
Lo que más descoloca a una comunidad intestinal llega de fuera, como un antibiótico que mata microbios o un cambio en el alimento que les llega. Los rasgos propios del cuerpo, como la edad o la herencia, pesan menos.
Un antibiótico actúa como el cierre forzoso de muchos locales. Baja el número de especies y cambia cuáles abundan. Con los locales vacíos, algunos microbios dañinos se multiplican aprovechando azúcares que la propia comunidad libera.
Después del golpe, el barrio puede reabrir. Se llama resiliencia a la capacidad de la comunidad de aguantar un golpe y volver a funcionar como antes. Puede volver del todo, quedarse a medias o no volver. Depende de la dureza del golpe y de cómo estaba antes.
Ayuda que haya mucha variedad y que microbios distintos sepan hacer el mismo trabajo: si cierra una panadería, otra sigue vendiendo pan.
Los estudios con antibióticos muestran los dos finales. En uno, con personas sanas, la comunidad estaba casi como al principio unas semanas después, aunque algunas especies tardaron meses en reaparecer. En otro, una segunda exposición dejó cambios duraderos.