Cómo funciona
La primera defensa son las barreras. La piel impide el paso, y su sequedad y su acidez matan o inactivan a muchos patógenos. Los microorganismos beneficiosos que la habitan compiten con los invasores. En ojos y mucosas, las lágrimas y el moco atrapan y arrastran a los microbios, y los cilios, unas prolongaciones diminutas de las vías respiratorias, empujan el moco hacia fuera.
Una herida o una invasión masiva de microbios pueden saltarse las barreras. Entonces entra en juego la inmunidad innata. Sus células detectan en la sangre y la linfa (el líquido de los vasos linfáticos) patrones moleculares que los patógenos llevan en la superficie, como azúcares, fragmentos de proteínas y ácidos nucleicos distintos de los propios. Los macrófagos, células grandes que engullen partículas extrañas, los reconocen con receptores complementarios. Derivan de los monocitos, glóbulos blancos que se transforman al llegar al tejido infectado.
Ese reconocimiento dispara la liberación de citocinas, mensajeros químicos que regulan cómo se forman, se multiplican y se comportan las células inmunitarias. En los humanos hay al menos 40 tipos. Los interferones son de aviso temprano: la célula infectada los lanza para alertar a las vecinas, que reducen su fabricación de proteínas y resisten mejor a los virus, que necesitan producir muchas para multiplicarse.
Las primeras citocinas promueven la inflamación: enrojecimiento, hinchazón, calor y dolor locales, porque los capilares se hacen más permeables y dejan pasar líquido y leucocitos (glóbulos blancos). Los neutrófilos, los leucocitos más abundantes, engullen y digieren microbios por fagocitosis. Mastocitos y basófilos liberan histamina y otras sustancias que alimentan la inflamación. La fiebre, otro efecto de las citocinas, hace que el hígado retenga hierro, un metal que algunas bacterias necesitan para multiplicarse.
Las células asesinas naturales (NK) son linfocitos que matan células infectadas por virus y células tumorales. Las células con núcleo muestran en su superficie proteínas MHC I, que exhiben fragmentos de lo que hay dentro. Ante una célula sana, la NK pasa de largo. Si un virus o un tumor han alterado esas proteínas, la NK libera perforina, que abre un poro en la célula, y granzimas, enzimas que la llevan a la muerte celular programada, o apoptosis.
Unas 20 proteínas disueltas en la sangre forman el sistema del complemento, que fabrican sin parar el hígado y los macrófagos. Se adhieren a los microbios en cascada, cada una activando a la siguiente, los marcan para que los fagocitos los engullan y, agrupadas, perforan su membrana.
La respuesta adaptativa tarda días o semanas en organizarse, pero apunta a un patógeno concreto y deja memoria. Depende de la innata, que le pasa la información mediante las células presentadoras de antígenos, como macrófagos y células dendríticas: engullen al patógeno, lo trocean y muestran los fragmentos sobre moléculas MHC.
Los linfocitos T maduran en el timo y los B en la médula ósea. En la sangre, entre el 80 y el 90 % son T y entre el 10 y el 20 %, B. Cada linfocito lleva un único tipo de receptor de antígeno, y entre todos suman una variedad casi ilimitada. Reconocen epitopos, pequeñas porciones de un antígeno, y sin información de una célula presentadora siguen inactivos, o «vírgenes».
Los linfocitos T se dividen en cooperadores, que llevan la molécula CD4 y reconocen MHC II, y citotóxicos, que llevan CD8 y reconocen MHC I. Los cooperadores coordinan a otras células con citocinas y activan a los B. Los citotóxicos matan directamente a las células infectadas. Los linfocitos B, activados con ayuda de un cooperador, se multiplican en miles de copias idénticas y se transforman en células plasmáticas, que secretan anticuerpos con la misma capacidad de reconocimiento que el receptor del B original. Esa expansión de un solo linaje se llama selección clonal.