Cómo funciona
El ADN de una bacteria es un texto larguísimo escrito con piezas químicas puestas en fila, las bases. Cada base hace de letra. Algunos tramos de ese texto, los genes, son instrucciones para fabricar las moléculas que hacen casi todo el trabajo de la célula, las proteínas.
Antes de dividirse, la bacteria copia todo su ADN para que cada célula hija reciba un ejemplar completo. Se parece a copiar a mano los apuntes de un curso entero para dejárselos a un compañero. Por mucho cuidado que se ponga, alguna letra puede salir cambiada. Una letra cambiada en el ADN que pasa a las hijas es una mutación.
La copia es muy fiel. La proteína que copia el ADN se equivoca una vez por cada mil millones de letras copiadas. Además comprueba cada letra recién puesta y la quita si no encaja. Después otras proteínas buscan los fallos que quedan, los cortan y rellenan el hueco. Estas revisiones reducen los errores, pero no los eliminan.
Una bacteria llamada Escherichia coli, en las mejores condiciones de laboratorio, se divide cada 20 minutos, lo que dura un recreo. Cada división dobla el número de células, así que de una salen dos, luego cuatro, luego ocho. Con tres divisiones por hora, en diez horas pasan 30 generaciones. De una sola célula, entre la cena y el desayuno, salen más de mil millones.
Cada una de esas células ha nacido de una copia completa del ADN. Quien copia casi sin fallos, pero repite el trabajo tantísimas veces, termina con muchos ejemplares que llevan alguna letra distinta. En una población grande de bacterias se acumulan así variantes, aunque todas vengan de la misma célula.
Muchos cambios de letra no estropean nada. Unos dejan la proteína idéntica y otros la cambian un poco sin impedirle trabajar. Algunos sí la alteran, y la célula funciona de otra manera. Muy pocos resultan una ventaja, y solo si las condiciones acompañan.
Una de esas condiciones es la presencia de un antibiótico. Si una bacteria tiene un cambio que le permite seguir viva y dividiéndose donde las demás mueren, es una bacteria resistente. Sus descendientes heredan el cambio y ocupan el sitio que dejan las otras. Que los mejor adaptados dejen más descendientes y su rasgo se extienda se llama selección natural.
Las bacterias tampoco dependen solo de lo que heredan. Un gen puede pasar de una bacteria a otra que ya existe y que no es su hija, lo que se llama transferencia horizontal de genes. Equivale a pasar una hoja de apuntes ya escrita al compañero de al lado. Ocurre incluso entre especies distintas que conviven.
Muchas veces lo que viaja es un anillo pequeño de ADN extra, separado del ADN principal, llamado plásmido. Una bacteria se acerca a otra con un pelo fino, se forma un puente entre las dos y el ADN pasa por él. Los plásmidos suelen llevar genes útiles para la bacteria. Una ventaja que surgió en una célula aparece así en otra sin esperar a que esta mute.
Generaciones cortas, errores de copia e intercambio de genes se suman. Juntos hacen que las bacterias evolucionen deprisa.