Cómo funciona
La forma habitual de medir la biodiversidad de un lugar es contar cuántas especies viven en él. Ese recuento se queda corto, porque no dice cuántos individuos hay de cada una. Las medidas más recientes miran también los genes y los ecosistemas.
Una caja de herramientas sirve de imagen. Con un martillo, un destornillador, una llave y unos alicates se arregla casi cualquier avería. Con veinte martillos iguales, el primer tornillo flojo se queda sin apretar. La biodiversidad es la caja que lleva herramientas distintas.
La variedad empieza dentro de cada especie. Los genes son las instrucciones que cada ser vivo hereda de sus padres, y dos individuos de la misma especie no llevan exactamente las mismas. Por eso dos personas no son idénticas.
A esas diferencias se las llama diversidad genética. De ellas depende que la especie pueda adaptarse si su entorno cambia. Son las herramientas distintas dentro de una misma caja.
La escala más amplia es la de los ecosistemas. Un ecosistema es el conjunto de los seres vivos de una zona y el medio en que viven, como un bosque o una charca. Cuando un ecosistema desaparece, se pierde lo que sus habitantes hacían juntos, aunque algunas de sus especies sigan viviendo en otro sitio.
Tienen nombre científico alrededor de 1,5 millones de especies, sin contar las bacterias y otros microbios parecidos. Se calcula que el total ronda los 8,7 millones, así que la gran mayoría está sin describir.
La variedad no se reparte por igual. En casi todos los grupos de seres vivos aumenta al acercarse al ecuador, por razones que todavía no están claras. En los trópicos abundan además las especies que viven en un solo lugar del mundo. Cuanto más pequeña es la zona que ocupan, más fácil es que se extingan.
La comida depende de esa variedad. La agricultura lleva más de 10.000 años seleccionando variedades de cada cultivo, ajustadas a un clima, un suelo, una altitud o una plaga.
Las manzanas rojas, verdes y amarillas de una frutería son variedades de un mismo cultivo. Tener muchas protege al cultivo frente a las enfermedades. Las plantas silvestres emparentadas con un cultivo guardan además genes que sirven para mejorarlo.
Los ecosistemas hacen también trabajos que benefician a las personas, como dar agua potable o suelo fértil. A esos trabajos se les llama servicios del ecosistema. Los organismos del suelo, por ejemplo, descomponen los restos de plantas y animales y los convierten en nutrientes para las plantas.
Abejas, otros insectos y aves llevan el polen de una flor a otra, un trabajo llamado polinización. Una flor a la que no llega polen no da fruto, y muchos cultivos dependen de ese transporte.
Las plagas de los cultivos tienen enemigos naturales, que son los animales que se comen a los insectos dañinos. Se cree que hacen buena parte del control de plagas, aunque se ha estudiado poco. En un experimento, varios enemigos distintos frenaron una plaga mejor que uno solo.
Muchas medicinas derivan de sustancias que fabrican los seres vivos. Las plantas producen tóxicos para defenderse de insectos y otros animales, y algunos sirven de medicina. Especies con genes distintos fabrican sustancias distintas, de modo que cada especie perdida es una herramienta que ya nadie podrá examinar.
La pérdida actual de especies es rápida. Se calcula que en el tiempo que dura una vida humana se extinguen decenas de miles. Desaparecen más deprisa de lo que los científicos les ponen nombre.
Las especies dependen además unas de otras. Cuando una desaparece, las que dependían de ella quedan amenazadas, igual que una planta se queda sin fruto si pierde al animal que le lleva el polen.