Cómo funciona
Sirve de ejemplo un susto. La adrenalina llega a la superficie de las células del corazón y el corazón late con más fuerza. Dentro de cada célula, una cadena de moléculas recibe el aviso y lo convierte en una orden: contraerse con más fuerza. Esa cadena es una cascada de señalización.
Para ver cómo funciona, sirve la alarma de incendios de un instituto. El humo no viaja hasta las aulas: solo dispara el detector. En la célula, el detector es el receptor, una proteína de la superficie que solo reconoce una molécula concreta. Cuando el aviso se une a ella, el receptor cambia de forma y queda activado.
El detector tampoco hace sonar nada por sí mismo. Manda su señal a una centralita. En la célula, la centralita es un interruptor molecular, una proteína con dos posiciones: apagada y encendida. El receptor lo enciende, y el interruptor se parte en dos mitades que activan otras proteínas.
Desde aquí el aviso se multiplica. La centralita hace sonar a la vez las sirenas de todos los pasillos. En la célula, un solo receptor activado consigue que se fabriquen muchísimas moléculas pequeñas que reparten el aviso por dentro. Se llaman segundos mensajeros. En el corazón, acaban dejando entrar más calcio, y la contracción gana fuerza. Ese es el latido más fuerte del susto.
Hay otra forma de multiplicar, muy repetida en la naturaleza. En el instituto, cada sirena pone en pie a varias clases. En la célula, esos relevos son las quinasas. Una quinasa es una proteína que pega una pequeña marca química a otra proteína, y con esa marca la otra se enciende o se frena. Hay tres o más quinasas colocadas en serie, y cada una enciende a la siguiente. Como una quinasa puede marcar a varias del paso siguiente, el aviso crece.
Al final la célula cambia lo que hace. Pero el mismo aviso no produce la misma respuesta en todas partes: depende del tipo de célula que lo recibe y del estado en que se encuentra.
Una alarma que no parase nunca dejaría el instituto inservible, así que la cadena lleva frenos. Otras proteínas quitan las marcas que pusieron las quinasas. El final de la cadena puede frenar las piezas del principio, y el propio receptor puede quedar bloqueado y ser retirado de la superficie, como un detector desconectado. Gracias a esos frenos la célula sigue sensible al aviso siguiente, igual que una alarma se rearma para volver a detectar humo.
Este esquema aparece en animales, en levaduras y en bacterias.