En una frase
La panspermia sostiene que la vida, o al menos sus piezas químicas, se formó en el espacio. Llegó después a la superficie de los planetas, transportada por cuerpos que viajan entre ellos: polvo espacial, meteoroides (fragmentos de roca pequeños), asteroides, cometas, planetoides.
El nombre viene del griego. Significa «semillas por todas partes». Lo defendió el biólogo alemán Hermann Richter en 1865. El químico sueco Svante Arrhenius lo popularizó en 1908.
Cómo funciona
Para que la vida terrestre tenga un origen espacial deben cumplirse tres condiciones. Primero, que las moléculas orgánicas (las basadas en carbono que forman a los seres vivos) se formaran en el espacio. Segundo, que la vida surgiera de ellas fuera de la Tierra. Tercero, que esa vida viajara hasta aquí.
Hay varias versiones de la idea, según cuál sea el vehículo.
Litopanspermia: vida dentro de rocas. Un impacto contra un planeta lanza fragmentos al espacio. Si en esas rocas viven extremófilos (organismos capaces de soportar calor, frío o radiación extremos), podrían quedar atrapados dentro y viajar con ellas. El viaje es violento. Los meteoritos procedentes de Marte indican que una expulsión así supone presiones de choque de entre 5 y 55 gigapascales. Solo una roca de al menos un metro de diámetro protegería a los microbios de la radiación cósmica de la galaxia.
Radiopanspermia: vida empujada por la luz. Arrhenius propuso en 1903 que partículas de menos de 1,5 micrómetros (milésimas de milímetro) podrían viajar a gran velocidad empujadas por la presión de la luz del Sol. Iosif Shklovsky y Carl Sagan objetaron algo simple: la radiación del espacio mata a lo que viaja sin protección.
Panspermia molecular o blanda. Es la versión modesta. No viajaría la vida, sino solo sus ingredientes: componentes orgánicos que se formaron en el espacio y cayeron a los planetas, donde después surgió la vida. En noviembre de 2019 se detectaron por primera vez azúcares en meteoritos, entre ellos la ribosa.
Panspermia dirigida. Incluye la contaminación involuntaria con microorganismos que viajan en naves espaciales. No es una hipótesis remota: el microbio Tersicoccus phoenicis puede resistir los procedimientos de limpieza con que se ensamblan las naves. En abril de 2018, un equipo ruso informó de que había encontrado ADN de bacterias terrestres y marinas en el exterior de la Estación Espacial Internacional.
Los vehículos biológicos que más se proponen son dos: las esporas bacterianas y las semillas de plantas. En octubre de 2018, astrónomos de Harvard llevaron la idea más lejos tras observar el objeto interestelar ʻOumuamua. Presentaron un modelo que sugiere que materia, y quizá esporas inactivas, podrían intercambiarse incluso entre galaxias.