Fondo · Antigüedad
Porfirio y el expediente de la carne: el caso contrario al vegetarianismo, recogido para rebatirlo
En su tratado sobre la abstinencia de alimento animal, Porfirio reúne los argumentos epicúreos y los de Claudio el Napolitano a favor de comer carne para después rebatirlos. En la Isagoge define de varias maneras qué separa a una especie de su género, y su ejemplo es el hombre frente al resto de los animales.
Primero fue el fuego. Así arranca uno de los argumentos que Porfirio pone en boca de sus adversarios. Claudio el Napolitano sostiene que los antiguos no se abstenían de los animales por piedad. Se abstenían porque aún no sabían usar el fuego.
Cuando lo descubrieron, empezaron a comer carne cocida y asada. Al fuego lo llamaron Vesta, y de ahí, según este argumento, viene la palabra «convestales».
La tesis es sencilla. Comer carne cocinada sería lo natural para el hombre, y la abstinencia antigua solo un límite técnico.
El alegato de la carne
El tratado, en cuatro libros, reúne el caso completo de quienes defendían la carne. La prueba literaria es Homero. El poeta llama «crudívoros» a los linces y censura a Príamo por comer carne cruda. Telémaco, en cambio, sirve a Minerva carne asada cuando la diosa es su huésped. La carne cruda queda para las fieras, y la asada para los hombres y sus invitados divinos.
Los mismos adversarios aducen que el hombre no está hecho por naturaleza para la carne cruda. Hay pueblos que asan el pescado sobre piedras calentadas por el sol o enterrado en la arena.
A esto añaden el argumento del consenso: ninguna nación, ni griega ni bárbara, se abstiene por completo de alimento animal.
Después viene la relación con las bestias. Contra ellas habría una guerra justa e innata, y el texto distingue dos clases de agresor. Lobos y leones atacan por su voluntad. Las serpientes no, porque solo muerden si se las pisa.
El alegato también explica por qué no todo animal se come. Los griegos no comen perros, caballos ni asnos, porque sus variedades domésticas son de la misma especie que las salvajes. Sí comen cerdos y aves. Fenicios y judíos no comen cerdo porque, según el texto, ese animal no se da en sus regiones, y añade que ni siquiera entonces se veía en Etiopía.
El cuerpo y el alma tampoco saldrían perjudicados. Los carnívoros, como leones y lobos, serían más sagaces que el resto. Los atletas se fortalecen con carne, y los médicos devuelven la salud con alimento animal. El caso más llamativo es el de un siervo de Cratero el médico, cuya carne se desprendía de los huesos. Sanó comiendo víbora preparada como pescado. El texto afirma además que los ciegos recobran la vista comiendo víbora.
Quedan dos argumentos más. Ninguno de los siete sabios adoptó la doctrina pitagórica de la abstinencia, ni los fisiólogos posteriores, ni Sócrates y sus seguidores. Y si no se mata a los animales, se multiplican. Como ejemplo citan la fecundidad del cerdo y de la liebre.
La Isagoge trata otra cuestión: qué hace distinta a una especie. Porfirio ofrece varias definiciones de la «diferencia». La primera dice que es aquello en que la especie supera al género: el hombre tiene, sobre el animal, ser racional y mortal. La segunda, que es lo que se predica de cosas distintas en especie en cuanto a su cualidad y no a su esencia. La tercera, que es lo apto por naturaleza para dividir lo que cae bajo un mismo género. Racional e irracional separan así al hombre del caballo.
Para explicar cómo se compone el hombre, Porfirio usa la imagen de una estatua. La estatua tiene una materia, el bronce, y una forma, la figura. En el hombre, el género hace de materia y la diferencia hace de forma.
Porfirio advierte también que no toda aptitud cuenta. Ser apto para navegar es propio del hombre, pero no es su diferencia, porque no pertenece a su esencia. Lo propio se divide en cuatro modos. Uno de ellos es lo que corresponde a una sola especie aunque no a todos sus individuos, como ser médico o geómetra en el hombre.
Por qué importa
Porfirio no despacha a sus rivales con una caricatura. Reúne sus argumentos uno por uno: el fuego, Homero, el consenso de los pueblos, la guerra contra las fieras, la fuerza de los atletas, la víbora medicinal y la superpoblación. Solo después los rebate. El caso a favor de la carne puede leerse así en sus propios términos y con sus propios ejemplos.
La Isagoge aporta el instrumento para la otra mitad de la discusión. Separa con precisión la diferencia que define a una especie de lo que solo le es propio o accidental. Con esa distinción, «racional» deja de ser una etiqueta y pasa a ser lo que divide al hombre del caballo dentro del género animal.
Lo que queda abierto
Queda por ver con qué razones concretas desmonta Porfirio cada pieza de este alegato. Por ejemplo, cómo responde a la cura del siervo de Cratero, a la sagacidad atribuida a los carnívoros o al argumento de la fecundidad del cerdo y la liebre. Queda por ver también si la frontera entre racional e irracional que traza la Isagoge es la misma que sostiene su defensa de la abstinencia.
Lecturas
- Sobre la abstinencia. Porfirio de Tiro. Gredos. ISBN 9788424909307.
- Vida pitagoras argonauticas orficas himn. Porfirio de Tiro. Gredos. ISBN 9788424912345.
Cifras
- 4 libros componen el tratado sobre la abstinencia de alimento animal [1].
- 7 sabios, ninguno de los cuales adoptó la abstinencia pitagórica según el alegato contrario [1].
- 3 definiciones principales de la diferencia específica en la Isagoge [2].
- 4 modos en que se divide lo propio [2].
Referencias
- Porfirio. Select works of Porphyry; containing his four books On abstinence from animal food; his treatise On the Homeric cave of the nymphs; and his Auxiliaries to the perception of intelligible natures.
- Porfirio. Porphyrii Isagoge et in Aristotelis Categorias commentarium.