Cómo funciona
El cuerpo lleva dentro un reloj que mide un día aproximado: el reloj circadiano. Sigue marcando el ritmo aunque no le llegue ninguna señal de fuera, ni la luz del sol ni un horario.
Un reloj de pulsera barato anda solo y atrasa un poco cada jornada, pero si su dueña lo pone en hora todas las mañanas, el error nunca se acumula. El del cuerpo se comporta igual: su vuelta se acerca a un día sin durar un día justo.
El cuerpo no tiene un solo reloj: cada célula que mide el tiempo lleva el suyo. Para hacerlo usa un gen, que es un tramo de ADN con las instrucciones para fabricar una proteína, una de las piezas con que trabaja la célula.
La célula lee ese gen y fabrica la proteína. Cuando hay mucha, la proteína frena al gen que la produce y la fabricación se detiene. La que queda se va destruyendo y, cuando hay poca, el gen vuelve a encenderse.
Esa vuelta completa dura más o menos un día. Sin la destrucción de la proteína, el gen seguiría apagado y el reloj no avanzaría.
En los mamíferos, el grupo al que pertenecen las personas, uno de estos relojes manda sobre los demás. Es un grupo de células nerviosas situado en la base del cerebro, el núcleo supraquiasmático, y hace de reloj maestro. Genera la hora por sí solo.
La luz es la señal más fuerte que pone en hora al reloj maestro. Entra por el ojo y llega a la retina, la capa del fondo del ojo, que es la única puerta de la luz hacia el reloj. Algunas de sus células no sirven para ver formas, sino para medir cuánta luz hay: llevan una sustancia sensible a la luz, la melanopsina. Esas células avisan al reloj maestro.
El efecto de la luz depende del momento en que llega. Al principio de la noche retrasa el reloj y al final de la noche lo adelanta. A mediodía no lo mueve. El reloj se corrige, por tanto, en el paso entre el día y la noche, también en las personas.
Los órganos tienen además su propio reloj, el reloj local. El reloj maestro los mantiene acompasados, ayudado por las comidas y la temperatura, igual que en una casa con muchos relojes se ajustan todos mirando uno solo. Tras un viaje largo en avión, el cuerpo llega con la hora de la ciudad de salida.
Los relojes locales quedan entonces desajustados entre sí y con la hora del lugar. Eso es el jet lag, que se nota como cansancio y confusión. El reloj tarda unos días en ajustarse.